La leyenda de la isla Es Vedrà

 

Sobre la cubierta de proa, 8.00 de la mañana, apenas viento, el acantilado rebosante de vegetación, casi infinito, al frente, los participantes de España Rumbo al Sur se convierten en osos andantes. No es que se hayan transformado, sino que ejecutan los ejercicios matinales que ordena Alex von Kursell, oficial del Ejército español, monitor de la expedición, y que insta a los nuevos marineros a andar con los brazos y piernas estirados, entre otros ejercicios. Mientras, en la cubierta superior, Isabel Ussía, coordinadora del proyecto, imparte clases de pilates. Tras el ejercicio, el desayuno sin duda sienta mucho mejor.

Al estar al noroeste de la isla y estando tan cerca de la costa, el sol todavía no nos alcanza, pero, al no haber viento, la temperatura es agradable. Mientras un grupo se dedica a pintar la verga del trinquete, jugándose el tipo, anclados a arneses, otro grupo se dirige hacia la Cala Salada de Ibiza, perfilando la costa con las lanchas semirrígidas, encontrando en su camino un manantial de agua dulce. El agua ha matizado el color de la piedra, envolviendo el marrón habitual de colores anaranjados.

Desembarcamos con las lanchas en la cala, atestada de turistas en verano, hoy casi desértica, y cuyos perfiles están repletos de cuevas y casetas de los locales, donde guardan las barcas y los aperos de pesca con los que salen a faenar. Entre lo que pescan, serranos y doncellas, entre otros ejemplares. De vuelta ya a la goleta, se reparten los grupos para iniciar las maniobras de levantamiento de fondeo.

Acompañados de uno o dos tripulantes, se toman los datos de salida en el diario de navegación, donde quedan registrados todos los datos del viaje -se tienen que actualizar cada hora-, entre ellos la posición, la hora, el viento… Se retira el freno del ancla, y se procede a su levantamiento, vigilando que no vire mucho a estribor. Los alumnos se ponen guantes tanto para esta tarea como para el izado de velas para evitar posibles quemaduras en el trasiego.

Sin duda uno de los talleres que más llama la atención es el del sextante, el artilugio inventado en el siglo XVIII que, por mucho GPS que haya, nunca perderá la vigencia, ya que es infalible. El profesor Bismarck les explica que este instrumento proporciona la altura de los astros, el sol, la luna, los planetas y las estrellas con relación al horizonte marino,   lo que permite, cruzando los datos con el almanaque náutico y la hora de la observación, obtener como resultado la latitud  y la longitud donde se encuentra el buque. Para tener mayor precisión, hay que tratar de tomar la referencia de al menos dos o tres puntos. “Las estrellas son las más precisas para tomar los datos”, apunta el profesor.

Otras de las clases que se imparten son las médicas, impartidas por el experimentado doctor en emergencias Jorge Cerame, que aparte de maniobras de reanimación, enseña a realizar puntos simples de sutura. Una práctica muy completa ya que los alumnos ensayan sobre muslos de pollo, como si la sutura fuera real. “Si una herida es grande, hay que procurar empezar por el medio”, aconseja el doctor. Diego Riestra, profesor de vela, por su lado, les da clases de iniciación a la vela y cabullería.

Vamos perfilando la costa de Ibiza, vislumbrando las mansiones que se alzan en las calas más insospechadas,  llegando hasta la impresionante Isla de Es Vedrà, una pirámide de roca al suroeste de la isla frente a la cala D´Hort, reserva natural desde 2002, bordeándola cruzando por Es Vedranell. Su singular forma y altura (382 metros) es fácilmente visible desde varios puntos de la isla e incluso desde Formentera. Sobre Es Vedrà se ciernen misterios y leyendas, entre otras sobre sus propiedades mágicas de acumulación de energía. Fondeamos, con la tripulación participando en las maniobras, a una milla escasa del Puerto de Ibiza, donde con las lanchas buena parte de la expedición se toma la noche libre adentrándose en la ciudad.

SERAFÍN DE PIGAFETTA