Saha, África, saha (31 de Julio)

África sigue siendo igual de misteriosa que antes de pisarla. Puede incluso que más. Dormimos en grande jaimas de pelo de cabra. Están situadas en un valle de los montes Atlas, en la región de Jebel Ayachi. El pueblo más cercano y donde viven los bereberes que nos han prestado las tiendas es Tattioune. El valle tiene orientación noroeste-este y nuestra jaima está orientada para librar el barlovento. Hoy me he despertado algo antes que los demás, tal vez por una ráfaga de viento, una piedra en el suelo o una voluntad del destino. Entre la cabeza de los dormidos, una luz verdosa me saluda como pretendiendo recordarme que esta tierra es extraordinaria en todos sus aspectos, como aún en un sueño veo la oscuridad deshacerse con lentitud tras las altísimas montañas. Aún tengo en mi mente los recuerdos del ayer, de las conversaciones con los bereberes. Comenzamos a desayunar y Alí, uno de los hombres del pueblo, se acerca, y sonriente dice: “Salam”, a lo que le contesto con el mismo saludo: “Salam”. Entonces sonríe. Son gente increíblemente amable. Me pregunta cómo me llamo con una fórmula a la que ya estoy acostumbrado: “¿Bis manish?”. Si yo hubiera sido una chica me habría preguntado “¿Bis Manem?”. Procuro involucrarme en la conversación y le contesto con un berber terrible. 

– Álvaro, ¿bis manish?

Me contesta riéndose:

– Ali, tas leheit?

Lo traduzco rápidamente a “¿qué haces?” y procuro mejorar mi entonación:

– Da tahca agagron. Da sha tei, que significa algo parecido a “comer pan y beber té”. 

Se vuelve a reir y me dice “Degi dera ench”, que interpreto como “que aproveche” o algo similar y con una sonrisa le contesto saha (gracias) y así zanjamos nuestra improvisada conversación. Hoy nos toca caminar, vamos a ir las montañas cercanas al Circo de Jaffar. Nos acompañan Hammo, guía de montaña, y otro bereber de cuyo nombre no consigo acordarme. Caminamos por el árido y pedregoso cauce del río. A nuestro alrededor, enormes gigantes de piedra de más de 3.000 metros y vientos secos. Nos metemos en uno de los cañones, paredes verticales de piedra acompañan nuestros pasos. Llegamos a una cueva, en bereber “ifrí”, y seguimos por nuestro camino. Subiendo por el rastro seco del “asif” (río). Al fin llegamos al nacimiento del río. Una pequeña caída de agua donde nos refrescamos y cogemos un poco de agua donde nos refrescamos y cogemos un poco de agua para potabilizar. El sol brilla alto y el viento corre fuerte. 

A la vuelta visitamos unas jaimas de pastores a unos 2.500 metros de altura. Muy escasas veces he estado tan alto. Supone una absoluta felicidad. Al entrar en una de las jaimas donde una anciana tejía en un telar, una alfombra, nos ofrecen deliciosa, fortísima y espesa leche de cabra. La anciana va descalza. Los niños no tienen balones. Los animales están delgadísimos y, sin embargo, nos ofrecen leche. Algo se derrumba en mi interior ante la agraviante muestra de que, mientras nosotros ni siquiera acogemos refugidados, ellos, que no tienen nada, gastan su leche para que la probemos. En la misma forma que esta abrumadora evidencia me derrumba, he de decir que me ilumina: el ser humano, en su estado más natural y primario, es solidario, generoso, y en definitiva, bueno. 

Cuando llegamos al campamento nos cambiamos y nos vamos a bañar a la presa. El agua que la tierra vierte en el manantial se acumula ahí con varios metros de profundidad, igual que es emanada, en la presa es brillante, clara y fría. Tras un baño de un cuarto de hora, a unos 12 grados, salgo revitalizado y dispuesto a afrontar la larga jornada que nos espera. 

Comemos y preparamos cosas varias, unos descansan, otros recargan el agua… y de tarde comenzamos los talleres. Primero un apasionante debate sobre la educación. Después una charla con Cuesta, el fotógrafo de la expedición, que toca el alma, o por lo menos, la fibra sensible. Nos explica su trabajo y hablamos de lo que implica y nuestra responsabilidad con respecto a la honestidad y veracidad en la prensa. Sin duda alguna, me parece una persona de un carácter humano extraordinario. Fue él precisamente quien durante la visita a las jaimas recaudó entre nosotros unos 50 dirhams, apenas cinco euros para nosotros pero muchísimo para la anciana. 

Acabando con las horas de luz, vamos al taller de superviviencia con Guille y aprendemos a montar un refugio y algunos nudos clave. Cuando ya cae la noche y vemos la luna alzarse al norte regremos al campamento y nos preparamos a cenar, pero antes no perdemos la oportunidad de hablar con nuestro nuevo amigo Racheed. Él es un joven bereber, poco mayor que nosotros, con quien aprendemos un poco de su idioma, como a pedir en una tienda pan y té. Además descubrimos que la bandera que lleva cruzada es la de su tribu bereber, y que cada tribu tiene una. Aquí no pasas un minuto sin descubrir algo nuevo. 

Por fin cenamos un delicioso cuscus y después, junto a los bereberes montamos una pequeña fiesta en la que todo el mundo ríe, canta y baila canciones típicas de su tribu acompañadas de palmas y percusión. Una música tribal que solo hace aumentar el misterio de esta tierra. 

Con todos estos sentimientos a flor de piel es inevitable echar terriblemente de menos o recordar fechas que te pierdes. Sin embargo, el sufrimiento que esto supone se compensa con la felicidad que rebosa la experiencia. El cielo estrellado parece cuidarnos y decirnos que todo saldrá bien y el viaje toma matices salvajes y de libertad. Espiritualismo. Tribalidad. Esencia. Y solo te deja un sabor de boca: “Saha, África, saha” (Gracias, África, gracias). 

 Alvaro Argüello Junguera 

Mi primera impresión de Marruecos (29 de Julio) 

Cuesta creer que una simple valla separe tan radicalmente dos mundos tan cercanos y a la vez tan distintos. Una simple valla separa Europa de África, el primer mundo del tercero. Nada más cruzar las fronteras las diferencias son notables. Es un modo de vida diferente. No es una pobreza extrema, pero sí lo suficiente como para que nosotros, acostumbrados a la comodidad, no sepamos vivir con lo que ellos tienen. Las carreteras llenas de baches o las casitas de colores, tan distintas a las nuestras, lo demuestran. 

Sin embargo, a pesar de lo que podemos pensar, son un pueblo con una riqueza cultural inmensa. Hemos parado hoy en una feria cerca de Fez, donde hemos probado la carne típica y el té, nos han regalado pan, han hablado con nosotros… nos han acogido como si fuéramos uno más. Tienen una mentalidad de apertura, acogen a todo el que viene, no rechazan a nadie, son amables, cercanos, solidarios… Son humanos en el sentido más verdadero de la palabra.

Y mientras tanto, a apenas 14 kilómetros, al otro lado del Estrecho, no valoramos el abrir un grifo y encontrar agua potable. 14 kilómetros de separación. Es una distancia menor a la que andamos los expedicionarios el miércoles en el Parque de Doñana. Una distancia tan corta y a la vez tan larga. Apenas un estrecho que contiene una brecha tan ancha que cruzar al otro lado supone un cambio brutal de cultura y de mentalidad. Es como viajar a otro universo, el cual estoy ansiosa por descubrir, por explorar, por conocer, por impregnarme de él y aprender todo lo que pueda enseñarme. Apenas acabamos de cruzar la frontera y ya estoy convencida de que este viaje será mucho más que un sello en el pasaporte, será un sello en mi corazón.   

Núria Casalé Cabanes

La sencillez de los bereberes (31 de Julio)

Comocada mañana, me despierto sobresaltada al grito de Pablo Martos -“¡Arriba! Todos fuera del saco!”-. Abro los ojos y miro al cielo en busca de luz pero estamos bajo una jaima, que ha resistido a la noche, una noche en la que hemos escuchado animales y el sonido del viento y hemos disfrutado de la tranquilidad de los montes.

Tras un rico y ansiado desayuno, nos preparamos para empezar una buena caminata, la más larga hasta la fecha y seguramente de toda la expedición. Nos ponemos en marcha, con ganas, con muchas ganas. Porque el cansancio es mayor cada mañana, pero nada nos frena, nada nos para.

Tras varias horas caminando, animándonos unos a otros, subiendo y bajando cuestas, riendo y callando a ratos, mirando el cielo, mirando el suelo, llegamos a unas jaimas donde habitan los bereberes, que con cariño nos invitan a entrar. Agradecidos, aceptamos y pasamos dentro. En ese momento, mientras que observo el refugio con curiosidad, me paro a pensar sobre la vida, sobre cómo ellos son tan felices con lo poco que tienen, sobre cuánto se les podría ayudar si el mundo se pusiera manos a la obra, sobre lo afortunada que soy por estar dónde estoy y lo poco agradecida que soy a veces. Antes de irnos, un último pensamiento pasa por mi cabeza: “En este viaje voy a aprender muchas cosas, pero lo que realmente me quiero llevar es la sencillez de estas personas”.

Continuamos la caminata llevando en el corazón cada gesto que los bereberes tienen con nosotros. Y al acabar, nos vamos a dar un baño a la presa muy merecido. El agua helada nos quita la arena que se ha pegado a nuestra piel. A continuación, comemos y luego nos dan charlas de supervivencia, debate y fotografía. Se acabó este día. No un día más, porque aquí cada día es único, diferente.

Ana Badía Carrillo