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Crónicas expedicionarios día 2

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Día 2

La mayoría de personas que miren pensarán en personas desdichadas, en casas pequeñas, en situaciones de riesgo. Pero nosotros tuvimos la suerte de conocer la verdadera naturaleza hospitalaria y agradecida de esta comunidad.

Mientras el sol se ocultaba tras el monte, el centro juvenil “Cristo Rey” de los Salesianos, nos guió por las calles del sector los guandules, para entregar un pequeño lote de comida. Contaba con arroz y pasta, entre otros, como regalo para algunas de las familias que viven una realidad tan diferente a la nuestra. Sus casas, pequeñas y precarias, adornan con vivos colores su día a día. Allá donde mirábamos había niños comiendo y jugando, saludando con una amplia sonrisa a todos los expedicionarios mientras sus madres les miraban con cariño desde las sillas que descansaban en cada porche.

Pocas veces he sentido con tanta claridad esa hermandad que se respiraba en el aire y que nos invadió al pisar sus calles. Nos sentimos acogidos como quien saluda a un viejo amigo, con la emoción de ponerse al día. Nos contuvimos con los abrazos, aunque no faltaron, así que nos conformamos con darle la mano a los niños mientras bailábamos todos juntos.

Quizás nosotros somos los afortunados que llegamos a conocer tan a fondo su comunidad. Nos recuerda que, a veces, para ver la verdadera belleza del mundo, hace falta mirar un poco más adentro.

Isabel Medina henche

“Sus sonrisas de agradecimiento, sus manos sucias y pies descalzos”

Pobres ilusos que ante un “meted el bikini por si acaso” creíamos que íbamos a tocar las soñadas playas turquesas. Esperanzados subimos al bus. Me tocaba un largo viaje tirando de ukelele y buena compañía. En un abrir y cerrar de ojos llegamos al destino. Este, hasta el momento desconocido, resultó ser un colegio repleto de “salesianos humildes”.

Bailando con la gota gorda y tirando a canasta bajo el sol. Esperando con ansia el bocadillo para descubrir que lo más esperado aún no había llegado. Tocaba cambiar ese turquesa de ensueño por otra realidad que (te) quita el sueño. Subimos de nuevo a nuestro querido bus para llegar a un poblado con casas de aluminio y madera astillada. Los rumberos cogimos una bolsa de comida “per cápita” para asomarnos a esos hogares y contarles nuestra historia.

Todavía en el poblado tiramos una vez más de música, altavoz y micrófono. Esta vez invitábamos a bailar a los niños. Pasos improvisados y bailes desordenados. Un padre nuestro en agradecimiento y de vuelta a nuestra dichosa comodidad.
Menos mal que hoy no hemos necesitado el bikini.

⁃Genoveva Alférez.

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