Primera ducha en Uganda, la tierra de las oportunidades

Hoy por fin nos hemos duchado. Después de una semana de expedición, esta mañana el agua por fin arrastraba de nuestra piel un falso moreno. Este esperado momento llegaba tras el deporte matutino, dirigido por Pablo Martos, al que poco a poco hemos conseguido acostumbrarnos.

A continuación del desayuno, nos aguardaba un largo trayecto en bus. Al principio estos desplazamientos parecían una pérdida de tiempo. Pasábamos demasiadas horas sentados, incómodos, tratando de dormir o de entretenernos; sin embargo, pronto aprendí a disfrutar también estos momentos.

Tengo la suerte de compartir esta experiencia con gente enriquecedora, con distintas ideologías y opiniones, pero con diversas inquietudes en común. Se generan pues debates y conversaciones que me ayudan a reflexionar sobre mis ideas, el sentido que tiene mi vida y las vivencias que aquí compartimos.

Entre charla y charla se intercalan varias paradas. La primera es en un mercado auténtico. Los locales venden desde telas a pescado, pasando por chanclas y cacahuetes. Unos regatean precios de regalos, mientras otros simplemente satisfacen su hambre a base de chapatis, ese pan que tanto nos gusta.

La segunda vez nos detenemos para comer en el Lago Albert. Por sus gigantescas dimensiones y la fuerza de sus corrientes, se asemeja al mar.

La última parada antes de llegar a nuestro destino la hacemos en las cataratas de Murchison. El agua corre con una intensidad descomunal, salpicando (o empapando) a quien se atreve a acercarse. Entonces tiene lugar un desafortunado percance: el dron, que desde increíbles perspectivas grababa, choca con una rama y cae al agua.

Volvemos al bus. Nuestro recorrido llega a su fin en el Madison Park. Dormimos a orillas del Nilo Victoria. Antes de cenar, proyectan “The African Queen”, una película de los años 50, rodada en la zona en la que nos encontramos (toda una novedad en la época).

La última actividad del día es el taller de emprendimiento. Empieza a ser tarde y la mayoría está adormilada. Clau, Nuria y yo debatimos fluidamente cómo llevar a cabo nuestro proyecto. El objetivo, derribar la idealización del mundo occidental, es todo un reto.

A lo largo de nuestra estancia aquí, no han sido pocos los comentarios y preguntas de niños que reflejaban una errónea idea de Europa y un sentimiento de inferioridad. Muchos jóvenes aspiran a buscar un lugar mejor donde vivir, sin apreciar la riqueza de su país.

Es cierto que la vida aquí es más complicada en algunos aspectos, pero con el tiempo me doy cuenta de que muchas de las facilidades que tenemos no son verdaderamente necesarias, ni tan primarias como creemos.

En Uganda existe un problema con la falta de agua y el desarrollo. Por ello, no necesitan especialmente ropa y alimentos, sino educación, formación y recursos para desarrollarse independientemente. En cambio, tienen una suerte que en los países más desarrollados tiende a escasear. Su sonrisa, alegría, fuerza de voluntad y agradecimiento son envidiables. Yo personalmente también admiro su fe y el compromiso con el Cristianismo.

A raíz de ello, nuestro proyecto quiere tratar de concienciar a la población, sobre todo a la juventud, de que este país tiene muchas oportunidades que explotar. Queremos que valoren más su identidad nacional y desmentir creencias que utilizan las mafias para aprovecharse de su desconocimiento o ignorancia respecto a la situación de los inmigrantes en Europa.

Con estas ideas en mente, se acaba el tiempo de trabajo y nos vamos a dormir, con la incertidumbre de no saber qué viviremos mañana.

Lourdes Borja

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Juzgando apariencias africanas

Si me preguntaran qué es lo que más me está gustando de Uganda respondería que es el modo en que funciona este país. Su tierra y sus paisajes dan la vida a sus gentes y son sus gentes quienes llenan de vida sus tierras y paisajes. Ya me habría gustado venir unos años atrás y ver menos influencia de Occidente, pero África seguirá siendo África y su esencia siempre permanecerá.

No se ha perdido la alegría de sus ojos y sonrisas que cubren historias únicas e impactantes. Todavía quedan casas hechas de barro y ramas de plantas en el techo, como si no pasasen los años en esas casas – las más modernas con uralita en el techo.

Los bebés a la espalda durante el trabajo y las coloridas telas en las mujeres se ven todos los días, al igual que las escenas de ugandeses moteros a la espera de algo inesperado. Las personas aquí son negras, rapadas y con unos pies que dejan huella, pisan fuerte como sus bailes y aguantan los duros y largos kilómetros que muchas veces tienen que recorrer.

Hay poblados intensos y paisajes frondosos, polvo en medio y la luz del sol que penetra hasta el fondo. Desde el autobús puedo ver a niños y niñas gritando, corriendo y saludando; los adultos, más quietos, mirando.
Aquí se carga con agua, se cocina en el suelo, se come con las manos y se canta bien alto, pero también hay caras tristes, con sufrimiento y cansancio. Unos te explican sus necesidades y otros no hace ni si quiera falta.

Vengo de un mercado en la frontera del Congo y una madre con su hijo a cuestas, viéndome con bolsas de comida, las señala y me pide que se las dé a su hijo. Justamente había pensado dárselas a alguien, por lo que no me costaba absolutamente nada, pero al estar rodeada de mujeres como ella y la manera cortante en que me lo había dicho, provocó que el gesto no fuese tan natural como hubiera esperado.

Se lo doy sin pensármelo dos veces e inmediatamente todas ellas se ríen pretendiendo que yo no me dé cuenta. La mujer sonríe, se ríe y se va. Lo ocurrido me da mucho que pensar.

Ellos pueden ser vistos como víctimas de una sociedad injusta, llenos de alegría y bondad o, como en algunos casos, portadores de malas intenciones; al igual que ellos nos pueden ver como los culpables de su desgracia o los esperados para salir de ella.

Sin embargo, no podemos permitirnos ensuciar el encuentro mutuo. El mejor recuerdo es el que debe permanecer, porque ésa es la África verdadera, la que ha sabido reaccionar a la llegada de quienes venían a encontrarse a sí mismos en el mundo de África.

María Palfy