Vigilante jurado con arco y flechas.

No esperaban que hubiera nadie, les habían dicho a los expedicionarios que los niños iban a estar dormidos, pero, de repente, al entrar en las instalaciones de la escuela de Kamwenge más de 300 pequeños de entre 3 a 12 años comenzaron a abrazarles, a tocarles, a besarles. Salieron de la nada. El griterío fue atronador. Y los adolescentes, a los que todavía sorprende esa inusitada hospitalidad, volvían a emocionarse con el recibimiento.

“Dos niñas ciegas se han agarrado, cada una en una pierna, otra iba en silla de rueda y ha venido a verme; ha sido muy impactante”, comentaba una expedicionaria mientras se desplazaba ya hacia el campamento, montado a la intemperie, como siempre y rodeado de una espesa arboleda frente a varias aulas del centro, la mayor parte de ellas financiada por la ONG África Directo, que también construyó aquí la escuela para niños con necesidades especiales, alrededor de 70, ciegos, sordos o con discapacidades físicas. De hecho, la escuela se llama Special Needs Boarding Primary School.

“La mayoría de niños vienen de familias pobres, en algunos casos los han dejado aquí y sus padres ya no vienen a verles”, señala la Hermana Kyara, una de las dos monjas del convento adyacente al colegio, que junto a los profesores, cuidan a diario de los más pequeños, ya que muchos están internados de forma permanente.

La doctora Mar y varios expedicionarios charlan con un niño de unos 11 años con la cara muy desfigurada tras quemársela en un incendio cuando era pequeño. Les sorprende la normalidad con la que la tratan sus compañeros.

Los expedicionarios, tras una semana de aventura, ya se dan maña colocando las mosquiteras, algo que al principio les costaba y empiezan a desarrollar ya la picaresca propia de un viaje así. Que no pueden cambiar euros a chelines en las tiendas, se lo cambian al conductor. Que pierden el plato de aluminio, se van al camión de material y se hacen con otro perdido por un compañero. Y así.

Y es que con cerca de 150 personas y cambios permanentes de ‘residencia’, las cosas desaparecen y vuelven a aparecer a los días, inexplicablemente, como un Guadiana de la expedición. Son las 00.11 horas y todavía quedan actividades, como la continuación de las charlas de emprendimiento o la proyección de la película Indiana Jones. Los jóvenes hoy están frescos todavía ya que hoy ha habido mucho autobús y una visita a un mercado local situado en medio de la nada, junto a una carretera de arena y la visita a la ciudad de Kamwenge.

Allí los chavales alucinaron con un curandero que explicaba a varios lugareños situados en círculo las cualidades de unos bebedizos muy extraños realizados supuestamente con plantas naturales. A su alrededor había colocado fotografías bastante desagradables de personas con deformaciones y heridas extrañas. También había tenderetes con ropa, sobre todo telas de algodón de llamativos colores, y utensilios de todo tipo. Un paseo por el mercado de la ciudad de Kamwenge, de un sabor muy auténtico, a la tarde, antecedió a la cena en el campamento, una ensalada de pasta y piña de postre que supo a gloria.

Antes de montar las mosquiteras para dormir, hablamos con los dos vigilantes o guardianes del campamento, uno con un antiguo kalashnikov que nos dice que no tiene balas, pero nos aclara que solo la visión del arma asusta. Además nos tranquiliza y asegura que su compañero tiene tres flechas y es muy certero con el arco. El campamento duerme tranquilo

Serafín de Pigafetta.
Cronista oficial de España Rumbo la Sur.