Crónica Lucía Gargantilla

“Vive sin excusas, viaja sin arrepentimientos.”

Nos encontramos esta frase en un cartel durante la ruta a Huancas. No sé si alguno se paró demasiado a pensar en ella, probablemente no. Ahora, después de Rumbo, la volvería a leer de otra manera. Porque hay frases que solo entiendes después de haberlas vivido.

Antes de llegar era un manojo de nervios. Por suerte, habíamos tenido la fase 1 en Toledo que hizo que los desconocidos empezaran a tener nombre, voz y rostro. Quizá no teníamos la misma edad ni veníamos de los mismos lugares, pero todos habíamos llegado hasta allí porque, de alguna manera, no queríamos conformarnos con mirar el mundo desde lejos.

Y cuando finalmente aterrizamos en Perú, los nervios cambiaron. Ya no tenía delante a un grupo de desconocidos, tenía delante a las personas con las que iba a vivir los siguientes 21 días y todavía no sabía hasta qué punto.

Lima fue nuestra primera impresión de Perú, un lugar que parecía no quedarse quieto nunca. Olores mezclados, voces, tráfico, personas entrando y saliendo de las calles, puestos, movimiento… todo sucedía al mismo tiempo. Y me gustó, me gustó precisamente porque no intentaba parecerse a nada que yo conociera. Creo que esa fue una de las primeras cosas que me enseñó Perú: a mirar sin comparar. No buscar lo que ya conocía, no esperar que las cosas fueran como en casa, simplemente estar allí y dejar que el país se explicara solo.

Recuerdo especialmente la salida de la conferencia en Santa Rosa donde al otro lado de la puerta estaban todos aquellos niños esperándonos con sus caras de emoción, sus preguntas, sus historias y sus ganas de conocernos. Cuanto más hablábamos con ellos, más evidente se hacía que la distancia entre dos lugares no siempre significa distancia entre dos personas. Nos ofrecieron lo que tenían, hasta sus propias golosinas, con una naturalidad que me dejó pensando durante mucho tiempo que quizá la riqueza también tenga que ver con eso, con tener algo y pensar inmediatamente en compartirlo.

En Huacho viví mi primer Mundial. Y no recuerdo aquel partido por el resultado, lo recuerdo por las personas, los cantos, los bailes, los abrazos, las palmadas, las sonrisas que aparecían sin que nadie tuviera que pedirlas.

Después llegaron las carreteras. Muchas. Muchísimas. En Perú descubrimos que las horas de autobús pertenecen a otra unidad de medida. Pero también descubrimos que un autobús puede convertirse en una pequeña casa: cartas sobre los asientos, karaokes, conversaciones que empezaban sin saber cómo y terminaban hablando de cualquier cosa, risas, sueño, una canción, otra conversación… y así, casi sin darnos cuenta, fuimos llenando las horas de recuerdos.

Chachapoyas había empezado siendo un nombre. Uno de esos lugares que escuchamos mencionar en Lima y que, precisamente porque no conocíamos casi nada de él, empezamos a imaginar lo que nos podíamos encontrar.

Cuando llegamos, ese destino se convirtió en montañas, caminos, cansancio, paisajes, conversaciones y una parte de nuestra historia.

Y entonces llegó la selva, ese destino tan esperado por todos. Bajamos de las barcas y nos encontramos con un pueblo que comenzó a bailar con nosotros. Y ahí estaba una de las cosas más bonitas que nos estaba enseñando Rumbo: hay formas de entenderse que no necesitan palabras. En este lugar guardo mi recuerdo favorito: el Amazonas. Estábamos bañándonos en el río cuando empezó a llover, nos giramos y delante nuestro estaba la selva, inmensa, bajo la lluvia, con el río atravesándolo todo. No sé cómo se explica una imagen así. Hay momentos que, cuando intentas convertirlos en palabras, se quedan pequeños y este es uno de ellos. Solo sé que por un instante nadie necesitaba decir nada, bastaba con estar allí.

También aprendimos a ayudar. Pero quizá lo más importante fue descubrir que ayudar no siempre tiene la forma que imaginábamos. Una pared, un tronco, un bambú, un pincel, una jornada de trabajo. Vistos por separado, podían parecer cosas pequeñas, pero detrás había un colegio, niños, familias, una forma de vida. Y entonces una pincelada dejaba de ser solo una pincelada, el esfuerzo adquiría otro significado. No se trataba de llegar a un pueblo y cambiarlo. Se trataba de llegar, escuchar, trabajar y dejar una pequeña parte de nosotros allí.

Túcume llegó con otra luz. El museo, su historia y todo lo que descubrimos allí. Después la costa: terminar una ruta y correr hacia el agua, el surf, las olas, las dunas, el acantilado, el aire del mar, las conversaciones con los locales, los atardeceres, despertarse y que lo primero que vieras fuera la playa… Durante unos días nuestra vida fue eso. Y quizá por eso, cuando vuelves a casa, descubres que no echas de menos solamente los lugares, echas de menos una forma de vivir.

Y, sobre todo, echas de menos a las personas porque hay personas que aparecen en un viaje y hay personas con las que el viaje se construye. No sé exactamente en qué momento dejamos de ser un grupo de amigos y empezamos a ser una familia. No hubo una fecha, no hubo un instante concreto, simplemente ocurrió. Quizá fue compartiendo comida o esperando al que iba más despacio o riéndonos en un autobús o apoyando la cabeza en el hombro de alguien para dormir o sentándonos juntos a ver un atardecer o hablando de nuestras vidas cuando ya estábamos demasiado cansados para hacer cualquier otra cosa. Nos fuimos haciendo casa unos en otros y eso es algo que no sabía que necesitaba encontrar. Y luego está mi binomio, esa persona que nunca puedes perder de vista y que nosotras nos tomamos tan en serio que acabamos compartiendo prácticamente todo durante 21 días: tienda, sueño, comida, dinero, cubiertos, plato, tabla de surf, cansancio, risas, conversaciones y silencios. Y quizá eso sea lo que más voy a recordar: no tener que buscar a nadie, saber que siempre estaba ahí. Tuti nos bautizó como Pólvora y Polvorín y probablemente nunca hubo dos apodos que nos describieran mejor. Porque hay personas que consiguen que un lugar desconocido deje de sentirse tan desconocido, que hacen que los días difíciles pesen menos y que los buenos duren un poco más. Esta experiencia nunca habría sido igual sin ella.

En Rumbo he descubierto que hay personas en el mundo que entienden tus ganas de salir, de descubrir, de hacer cosas, de buscar aventuras. Personas que todavía no sabías que existían y que, sin embargo, parecen entender una parte de ti que a veces ni tú sabes explicar.

Del equipo me llevo algo que quizá resume todo el viaje: que cuando cada uno aporta lo que puede, el camino se hace mucho más fácil.

Por eso sé que esto no termina aquí. Porque quizá Rumbo nos haya enseñado precisamente eso: que algunas conexiones no dependen de la distancia. Lo que une Rumbo, nada ni nadie lo va a separar.

Lo que más me ha cambiado es la forma de mirar. Antes pensaba que los límites eran lugares concretos, ahora sé que muchas veces son líneas que dibujamos nosotros mismos. Pensaba que viajar era llegar lejos, ahora creo que viajar es permitir que lo que encuentras lejos termine cambiando la forma en la que miras lo que tienes cerca. Y quizá por eso también entiendo de otra manera el esfuerzo. Porque no se trata únicamente de resistir, se trata de descubrir por qué merece la pena continuar. Y cuando encuentras ese motivo, las distancias cambian, los kilómetros pesan menos, las montañas parecen un poco más pequeñas y aquello que parecía imposible empieza a convertirse simplemente en el siguiente paso.

Y cuando pensábamos que todo había terminado, cancelaron nuestro vuelo. Al principio fue un problema. Después, casi un regalo porque eso significaba un día más juntos. Una última comida, una última conversación, unas últimas risas. Y quizá ahí entendí cuánto habíamos cambiado: ya no teníamos prisa por volver a casa porque estábamos como en casa.

Ahora pienso en aquel cartel que vimos: vive sin excusas, viaja sin arrepentimientos. Entonces era una frase, ahora es un recuerdo, un camino, un grupo, un país, una familia y 21 días que, de alguna manera, parecen una vida entera. Porque hay experiencias que no se miden en tiempo, se miden en cuánto espacio ocupan después dentro de ti.

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