Rozando el cielo

“Qué más da el barro ya, eso da igual”. La frase se repetía ayer entre los expedicionarios, con las botas y los pantalones marrones, y la fatiga grabada en el rostro tras una intensa caminata de dos horas por las estribaciones del las montañas Simien, patrimonio mundial de la Unesco, en Kosoye, a 2.950 metros de altura.

Con las nubes a nuestros pies -“estamos tocando el cielo”, como lo definió una de las expedicionarias-, y tras visitar un mercado local de ganado, donde se vendían cabras por 60 euros, arrancamos una marcha dura en su exigencia de habilidades, con pedregales y zonas de barro que hacía que resbaláramos continuamente.

Cruzamos cascadas, divisamos valles fascinantes y colinas pespuntando sin orden ni concierto, que algunos compararon con el Machu Pichu, vimos a agricultores y pastores guiando vacas por desfiladeros abruptos e imposibles, en los que un mal paso te llevaba al vacío, y sobre todo nos caímos. Hacia delante, hacia detrás, hacia los lados. Pam, pum. El pequeño camino que seguíamos, nublado de ramas, se convertía por momentos en una pista de patinaje, pero en ningún momento ninguno de los 138 expedicionarios pensó en abandonar, en tirar de la toalla. Mala suerte tuvimos, sin embargo, en no ver a ningún babuino en la marcha, ya que los locales suelen tirarles piedras para ahuyentarles y que no se coman los maizales.

En total, tres jóvenes tuvieron que ser atendidos por los médicos por fatiga y otro por contusiones leves en una caída. De vuelta al punto de partida nos esperaba un momento de calma, deleitándonos con las vistas, frente a una lumbre que a los expedicionarios les recordaba a las casas de sus abuelos. Aunque ni el leve momento de asueto se vio superado por que los jóvenes pudieran usar un retrete común, y encima con agua, no en vano en este lugar se hospedó la Reina Isabel  II en su última visita al país. Hasta carreras hubo, pese al cansancio, por ser el primero en catar semejante lujo. Porque es que el convoy no tiene ningún lujo en cuestiones de aseo que no tengan los etíopes, sobre todo en cuestiones de higiene, en un país donde llueve torrencialmente pese a los diluvios que caen en esta época.

A la tarde nos esperaba una vista al centro de Gondar, conocida como ‘La Camelot de África’, en su día epicentro económico, social y cultural, después de que el rey Fasilidas, hijo de Susinius, amigo de Pedro Páez, construyera allí su palacio, al que los siguientes descendientes añadieron sus propios espacios palaciegos. Recorriendo el enorme altozano que acoge el recinto amurallado uno se puede imaginar su época de esplendor, con sauna, salón de conciertos y un recinto específico para acoger a entre cinco o seis leones, ya que este animal, el león de Judea, es el símbolo de la dinastía, provenientes del  Rey Salomón y la Reina de Saba. De ahí que encontremos cruces de David grabadas en algunos muros. Los expedicionarios se divierten con los guías locales, que incluso enseñan a bailar a las jóvenes los bailes tradicionales. Cierre completo a un día perfecto antes de emprender camino de Lalibela, la ciudad sagrada de Etiopía.

SERAFÍN DE PIGAFETTA

Cronista oficial de España Rumbo al Sur