CRÓNICA 7. VIENTOS Y BAILE 

Los vientos que azotaban las primeras estribaciones del Atlas esta mañana eran tan fuertes que, en combinación con el pedregal por el que transitaba la expedición, se produjeron varias caídas. Nada grave, no se vayan a preocupar, sino simples tropiezos que le daban épica a una dura marcha de cinco horas que tuvo el corolario perfecto: un baño catártico en una presa donde, tras la paliza, importaba poco que el agua estuviera helada, casi a diez grados centígrados, como la que tomamos en Occidente de la nevera por la noche cuando el calor es insoportable.  

Comenzó la marcha sobre las 8.30 horas liderada por Hámmo, uno de los mejores guías de alta montaña del Atlas, que con su burro marcaba el camino por un sitio donde en verdad no había camino, ya que eran torrentías llenas de piedras arrastradas desde las montañas durante las inundaciones en época de tormenta. Tras un buen rato de caminata, los expedicionarios entraron en un estrecho cañón que recordaba al desfiladero de Petra, mucho más hostil eso sí. 

Más tarde se encontraron con un manantial que brotaba de un risco, del que el agua caía deslizándose por las paredes de las rocas, lo que supuso para los aventureros un momento de refresco. Empaparon sus gorros y rellenaron sus cantimploras. Un respiro antes de la parte más dura de la marcha, subiendo la cresta de la montaña y en la que el fuerte viento levantaba una arena que golpeaba con fuerza al grupo. “Es que pican hasta las piernas”, relataba María, una de las monitoras. “La arena golpea más fuerte que en El Palmar”, añadía otra expedicionaria. 

En el camino se encontraron con numerosos nómadas -hay más de 30.000 en el Atlas-, que viven en condiciones durísimas Son estacionales y se mueven según donde puedan encontrar el mejor pasto para sus cabras y ovejas. Sus jaimas están rodeadas de empalizadas de palos para frenar los fuertes vientos. Dentro las mujeres trabajan con telares rústicos, como de épocas muy antiguas, fabricando alfombras de vívidos colores. 

Los jóvenes se sorprendieron de su hospitalidad y muchos probaron la leche de cabra, ya hervida, y que, según uno de los chicos, era “como beber un queso líquido”. Ya en la cresta se notó incluso más la fortaleza del viento, que había moldeado los cedros que tachonaban el terreno con formas imposibles. Hámmo trató durante todo el trayecto de subir la moral de la expedición con cánticos bereberes que los expedicionarios repetían como un mantra para aislarse del cansancio. 

En Midelt, entretanto, Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo y su hermana Mar, responsable del equipo audiovisual, se encargaban de comprar la comida, sobre todo esa fruta maravillosa qe estamos probando estos días, con unas sandías que cuatriplican en tamaño y en sabor a las que solemos comer en España. En el camino de vuelta, antes de afrontar los desfiladeros que se dirigen hasta este pequeño pueblo de montaña, pararon a comprar pan en una asociación de mujeres que lo siguen haciendo de forma tradicional. 

Ya por la tarde, los chavales escucharon con atención una conferencia sobre la ética de la fotografía, participaron en un debate sobre educación, y siguieron recibiendo conocimientos sobre supervivencia. Para finalizar un completo día, que tuvo de todo, un cus-cus sabrosísimo de cena, y un largo baile a la luna al son de ritmos berebéres.

Serafín de Pigafetta.