Patrimonio de Uganda: su fauna salvaje

 

En Wanseko, al borde del Lago Victoria, donde se cruza esta inmensa masa de agua donde la otra orilla apenas es visible, pero se intuye el Congo a lo lejos, hay numerosos pescadores con largas barcazas de madera sacando la pesca del día, principalmente peces con el tamaño de sardinas a las que llaman mongala. 30 peces valen en el mercado 1.000 chelines, alrededor de 25 céntimos.

Las barcas son rudimentarias así como las redes, que usan botellas de plástico y trozos de chancla como boyas y cantos lisos como pesos. Los expedicionarios charlan con los locales, de la etnia lugungu, y les cuentan que salen a faenar por la noche y vuelven a la mañana, por eso las mujeres desescaman los pescados y los destripan rápido porque se tienen que vender ese mismo día en el mercado. “Nos han dicho que las mujeres no pueden salir a pescar”, dicen sorprendidos los jóvenes mientras las mujeres, vestidas con coloridas telas, trajinan el pescado con sus bebés en el regazo y mientras les amamantan.

Para garantizarnos tener sitio en el ferry, llegamos dos horas antes de que parta, desayunando raciones cedidas por el Ejército español. Decenas de hombres y mujeres esperan coger el barco para vender mercancías, principalmente comida, al otro lado. Entran todos los vehículos del convoy y varios coches más, pero no cabe un alfiler. Para transitar de un lado a otro del barco hay que pasar cerca de un pato metido en un cartón con ánimo poco amistoso que da picotazos a quien osa acercarse y eso se convierte en una de las atracciones del viaje.

Tanta gracia hace que Mar, la hermana de Telmo, responsable del equipo audiovisual y experta en maravillar a los chavales con sus improvisaciones y paradas fuera del programa para que el grupo disfrute de maravillas únicas propias del país, le dice a los jóvenes que regateen para hacernos con él. Y ya es parte del grupo. Nuestra mascota. Por cinco euros, una fortuna aquí, donde el sueldo medio mensual oscila entre 25 y 100 euros. Su nombre, Kamwenge, uno de los sitios que hemos visitado.

La vista por babor y estribor es maravillosa, con nenúfares, pelicanos africanos (de color blanco) y trozos de musgo y tierra arrancados por el Nilo en sus tramos más violentos que son usados por las aves como isleta donde descansar. A la salida al otro lado, Panyimuru, sorprende ver que todas las casas son las propias del país antaño, hechas de adobe y con paja en el techo.

El convoy se dirige hacia la segunda zona del Parque Natural de Murchison Falls, y ya antes de entrar a él, en una marisma, una docena de hipopótamos fuera del agua, ya que todavía el sol no está en todo su apogeo. En breve, se irán a remojar. Un poco más adelante, a la otra vereda, media docena de elefantes. El grupo se baja y recorre el tramo que separa la carretera y la entrada al parque andando. Hay aves de todo tipo y búfalos al fondo.

Visitar este inmenso parque, con más de 3.000 hectáreas, casi en soledad, es un privilegio único. El paisaje, de ser tan verde, pasa a ser ese de la sabana que tantas veces hemos visto en documentales. Campos amarillo ceniza, palmeras desperdigadas cada muchos metros, arbustos por todas partes. De repente aparecen los primeros animales salvajes. Y el “mira, mira, mira” se apodera del autobús.

Elefantes buscando sombra, antílopes cop, propios del país y que aparecen grabados en los billetes de chelines, gacelas Thomson, majestuosos, con el morro alargado, como si se los hubiera pintado Mogdiliani, o facoqueros, pueblan cada ladera cada poco tiempo. Es curioso como los antílopes y las jirafas, con ese andar tan bello, tan sincopado, tan particular, acuden juntos a buscar la sombra en grupo, mientras los elefantes africanos, con el lomo más hundido que los asiáticos, se mantienen un poco más lejos de la pista principal.

Ver correr a una jirafa o a una manada de antílopes, con decenas de ellos, se convierte en algo habitual durante el trayecto, que tiene su ecuador en la llegada a una inmensa laguna donde reposan dos grupos de hipopótamos. El grupo se baja ahí. Un ranger del Ejército ugandés que nos acompaña nos dice que es seguro. “Si estamos aquí, muy cerca, y si salen nos pillan, ¿por qué no nos acercamos más?”, pregunta una expedicionaria a sus amigas. Y se adentran unos pasos ya en el barro más cercano a la laguna. Se les nota el nerviosismo, por lo que pudiera ocurrir.

Los hipopótamos son cuando están sumergidos como piedras grandes, ya que solo se les ve el lomo, pero salen de vez en cuando y emiten un bramido como para decirnos ‘ojo con nosotros’. Algunos chavales, cuando eso ocurre, salen despavoridos. “Ellos son peligrosos en el agua, pero fuera no mucho, son más los búfalos, que han provocado varias muertes en este parque, principalmente a cazadores”, nos cuenta el ranger.

¿Y los leones? “Aquí hay más de 130 censados pero suelen salir o muy pronto por la mañana o por la noche”, responde el soldado, del que no sorprende que no lleve arma alguna. Cuando salimos a retomar el camino de vuelta, ya a la caída del sol, los animales reparan menos en nuestra presencia. Vemos manadas de búfalos a paso lento recorrer las lomas, cops que se acercan a un metro del camino, e incluso, al lado del agua, la bellísima grulla que aparece en el escudo de Uganda y cuya muerte a manos furtivas está penada con elevadas multas. Todo se produce a la puesta de sol, cuando el tono se torna naranja, y los árboles, entre ellos las acacias y palmeras, parecen dibujados. Una belleza. Es como estar dentro de un documental, algo con lo que los jóvenes disfrutan de lo lindo.

Ya camino del convento de las combonianas de Gulu, se hace una parada técnica para que reposten los camiones y se cena un sándwich de atún, la única comida después del desayuno de media mañana. Mientras los expedicionarios finalizan con la sandía disfrutan del maravilloso eclipse de luna de sangre que tiene lugar. Alguien de repente recuerda que es el día de la felicidad en Uganda.

Serafín de Pigafetta.
Cronista oficial de España Rumbo la Sur.