La reina de África

El sonido de los pájaros, el croar de las ranas, el chasquido de las ramas, el bramido de los hipopótamos… todo suena distinto, más intenso, más claro, al lado del río Nilo Victoria, que en esta zona baja lento, sin prisa, sobre todo comparado con las Murtchison Falls que disurren como un estadillo, un bramido húmedo, varios kilómetros antes.   

María, expedicionaria de 16 años, es de Valencia y lleva todo el viaje asombrada por lo que observa, por lo que le cuentan las gentes, de hecho cada vez refuerza más su idea de estudiar algo que le permita enfocarse en la cooperación. Por la noche, mientras el grupo se prepara para una nueva charla de emprendimiento, en una ladera paradisiaca del Nile Safari Lodge, con el Nilo bajando oscuro, la luna llena y el sonido de la naturaleza como fondo, ella se queda sola, obnubilada, mirando el paisaje mientras pocos metros más allá un vigilante está atento al sonido de los animales.

De hecho, nos cuentan los locales que hay facoqueros, esa especie de jabalí, que seguramente hayan venido atraído por el olor de la comida. Algunos expedicionarios, en plena noche, incluso ven las siluetas de los hipopótamos al salir del campamento en el medio del cual hay un gran fuego que se quedará encendido toda la noche. La noche invita a la reflexión tras dos jornadas intensas de viaje. “Este sitio es increíble, asombroso. Ese vigilante me ha contado que ha visto morir a cuatro persoans en el río. Dos eran una pareja, él se tiró a tratar de rescatarla”, dice la joven ante la noche que se abre misteriosa y seductora a nuestros pies mientras varios monos pequeños, capuchinos de cara negra, saltan de árbol en árbol.

Para convertir la noche en más mágica se proyecta ‘La reina de África’ (1951),  una de las primeras grandes superproducciones de Hollywood donde no se utilizan decorados, donde se sale de los estudios y se graba en exteriores naturales, precisamente aquí, en el Nilo Victoria. Les cuenta Mar Aldaz en la explicación de la película a los jóvenes, que John Houston, el director, era capaz de parar el rodaje un día entero porque le contaban que en determinadas zonas se estaban viendo elefantes. Y él los quería ver. Los chavales atienden más atentos que nunca a la historia de amor entre Catherine Hepburn y Humphreey Bogart.

La mañana había empezado en la zona de camping de uno de los pocos hoteles victorianos que quedan en Masindi, donde los expedicionarios pudieron ducharse por primera vez en nueve días. “Masindi era uno de los puertos comerciales más importantes de África del este, ya que las mercancías llegaban de Mombasa y se llevaban cruzando el lago Albert hacia el Mediterráneo o y el Atlántico a través del río Congo”, afirma Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo sobre un puerto imprescindible para la mercancía de las especias desde Oriente.

Cruzando esas carreteras rojas llenas de polvo, donde se asoman los babuinos y sorprende de vez en cuando ver los hermosos flamboyanes, esos árboles de hojas rojas, el convoy llegó a las orillas del lago Victoria con las montañas de la luna pespuntando a lo lejos, con el legendario Rubenzori ( 5.109 m) coronándolas. Por la tarde, entramos en el Parque Natural de Munchison Falls, uno de los parques naturales más grandes y mejor conservados de África. El ayudante del conductor de uno de los autobuses nos recomienda hacer el recorrido con la puerta abierta no vaya a entrar un animal salvaje mientras circulamos a diez por hora através de frondosas zonas verdes, desde la que se adivinan de vez en cuando atntílopes.

“Ver esa fuerza del río es bestial, un paisaje de novelas y películas, el mismo sitio donde a Hemighway casi se lo comen los leones”, relata el director de la expedición en las hermosas cascadas del parque, donde es inevitable mojarse por el vapor que genera la brutal caída del agua. Los chavales se sorprenden con una familia de iguanas rojas pequeñas que salen a su paso y se esconden para luego salir de nuevo. La mosca tsé-tsé, uno de los insectos más peligrosos de mundo, anda por aquí, así que la visita no se prolonga mucho.

Buscando un plano cenital imposible de la catarata, Vito, el responsable del dron, cuya pericia permitió días atrás recuperarlo a ciegas en la cascada de Mpanga, de repente pierde la conexión con el aparato, que sin localización visual, choca con las ramas de un árbol en plena subida, ya que no tiene sensores en la parte de arriba, y tememos que ya forma parte de la leyenda del caudaloso Nilo. Lamentamos todos no haberlo perdido como elemento material, sino las increíbles imágenes que había recogido ese día de monos corriendo por la carretera o de las propias cascadas. Comienza a extenderse entre el equipo organizativo que cruzarnos ayer con la mamba negra  y meterla a la furgoneta nos ha traído cierta mala suerte -para los locales,  da mal fario- ya que no ha sido la única incidencia en el grupo de audiovisual. Esperemos que la maldición no continúe porque si, al principio no le dábamos credibilidad, ahora dudamos.

Serafín de Pigafetta.
Cronista oficial de España Rumbo la Sur.