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4º Día. Crónicas Expedicionarios

Uganda emociona

Arropados hasta arriba y con la mosquitera revuelta, los ojos se comienzan a entreabrir tras recibir la voz de alarma, la voz de Pablo Martos. Un cielo azul, acompañado de nubes rojizas, dan la bienvenida de julio.

Una marcha por el Parque Natural ha estrenado la mañana. Escuchar las pisadas en la tierra y la respiración exhausta, sentir el sudor frío extenderse por la espalda por la humedad del exterior y verlos. Monos, cebras y vacas ugandesas. Un auténtico viaje por la sabana tropical.

Horas después, nos reciben en un convento. Pasamos de una escena a otra de cuestión de un trayecto de autobús. Nos ofrecen su encanto y simpatía. Bailan, bailamos. Nos unimos a ellos pletóricos, como si de una familia se tratase. Y, sin desperdiciar ni un solo minuto de nuestro tiempo, volvemos a estar sobre cuatro ruedas.

Fascinante. Asomar la cabeza por la ventana, sentir la brisa y fascinarse por la maravilla del paisaje. Tampoco faltan en el trayecto los juegos  de palabras, las carcajadas y, por supuesto, los saludos excitados a través del cristal.

Llegamos a nuestro destino: un colegio. Seiscientos niños de todas las edades, cercanos y humildes. Nos hablan de ellos y se interesan por nosotros. Nos brindan su mejor sonrisa y sus mejores palabras. El asombro me desborda. Y, sin embargo, es cierto que todo se ve diferente cuando es tu experiencia la que habla, cuando son tus ojos los que ven.

No puedo evitar emocionarme al pensar qué nos puede ofrecer Uganda. Estoy convencida de qué será algo impresionante.

Carmen Badía

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La auténtica África

Cada mañana aquí es diferente. La incertidumbre es una suerte, nos obliga a dejarnos llevar hasta el siguiente acontecimiento. Hoy cuando han venido ha despertarnos yo ya estaba viendo amanecer a través de mi mosquitera. Antes de poder espabilarme un poco ya estábamos andando detrás de un grupo de cebras. Caminar al alba y en la sabana tropical es un privilegio. Me siento insignificante en este mar de polvo.

Nuestra siguiente parada estaría en Mbarara. El autobús iba a reventar de mochilas  de todos los tamaños y colores. Es algo peculiar. Puedes escuchar todo tipo de conversaciones y juegos o descubrir gente por matar el aburrimiento.

Hemos atravesado poblados de ladrillo y chapa. Solo las fachadas de las tiendas lucían estridentes colores. Tras ellas, hectáreas de polvo cobrizo y vegetación sobreviviendo a duras penas.

Todo el que nos veía se paraba a saludarnos. Merece la pena perder el tiempo en mostrar interés en alguien aunque sea con un hola.

A un lado de la carretera un niño jugaba con una rueda. Por un momento hemos cruzado miradas. Ha sido demoledor ver dos realidades tan distintas cara a cara. Cuánta diferencia a un cristal de distancia. La rueda había dejado de importarle, solo quería atención. Conmueve sentir tanta verdad asomando a los ojos.

Al otro lado, cuecen ladrillos de adobe o intentan vendernos carbón y bebidas.

Al llegar al convento nos han recibido como si fuéramos de su familia, nos esperaban con ilusión. La madre superiora nos ha hablado de su labor con la pureza que caracteriza a los africanos. Algunos jóvenes a los que ayudan han bailado para nosotros y nos hemos acabado uniendo. La felicidad es involuntaria. Aquí todo está mas vivo, es mas real. No pienso, las cosas salen. Es tan importante que alguien custodie la esencia humana que no imagino qué pasaría si África no fuera autentica.

Paula Andrés Díaz

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De la sabana al colegio

Comienza el amanecer y nos levantamos en un parque nacional de Uganda. Al principio cuesta darse cuenta de que estás despertando en la sabana junto a cebras, con antílopes y multitud de otros animales que hacen que realmente te des cuenta del lugar en el que estás. Más tarde, hicimos una marcha con el objetivo de ver algún animal, ya que es el mejor momento del día.

Durante la marcha pasamos junto  a una pequeña aldea; el encuentro con estas personas fue mágico, como dos primos que llevan muchos años sin verse. Al principio curiosos y callados, después una sonrisa vergonzosa de un niño o un saludo inocente con la mano. Es interesante cómo dos personas que viven en lugares diferentes y que no hablan la misma lengua pueden intercambiar unas pocas palabras y gestos.

Al acabar de desayunar nos montamos en el bus y algo que me ha llamado la atención de ERS es que cuando vamos a ir a algún lugar nadie pregunta a dónde vamos o cuántas horas va a haber de bus para llegar al próximo destino. Simplemente nos limitamos a hablar, dormir, escribir u observar a los ugandeses. Lo que para ellos es un día normal, para mí es el mejor de los entretenimientos.

Una frenada rápida del conductor hace que me dé cuenta de nuestra primera parada del día, Mbarara, donde nos abrieron sus brazos las hermanas de una congregación que actúa solidariamente y dirigidos hacia la juventud del país. Nos despidieron y con parte de las hermanas nos encontramos en el Catholic St. Tomas School en Butare, una región del suroeste del país, llena de montañas, palmeras y gente maravillosa.

Nada más llegar, una masa de gente acudió a vernos. Los ugandeses estaban en shock, nunca habían visto tantos europeos juntos. Se acercaban con una sonrisa blanca y enorme, nos daban la mano, se reían, nos abrazaban… El director y la monja responsable de esta escuela nos recibieron y nos contaron entre otras cosas qué van a hacer con los ordenadores, los tanques de agua, la cocina y la biblioteca que África Directo y nosotros les proporcionamos.

Acabamos la charla y los niños nos invadieron con sus canciones más populares, y como no podía ser de otra manera, nosotros les correspondimos con muchas otras, formando un conjunto de personas bailando y cantando en las montañas de un país que se encuentra muy lejos de casa.

Si me he quedado con algo de este día, es con los niños del colegio. Sin duda tienen algo especial de lo que solo te das cuenta si estás junto a ellos.

Víctor Barrero Álvarez

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Un firmamento infinito

Tras una noche fría aunque mágica por la gran cantidad de estrellas que se podían ver, nos despertamos con un espectacular amanecer que prácticamente hizo que no pudiéramos dejar de observarlo.

Para nuestra sorpresa no tuvimos deporte, lo que nos alegró el alma, aunque hicimos una caminata de aproximadamente una hora y media por unos caminos de tierra.

Fuimos en silencio para que los animales del parque natural en el que dormimos (en la selva tropical) no se alejaran al vernos. Conseguimos observar gran cantidad de cebras, monos y vacas (con una cornamenta inmensa).

Haber dormido y caminado por este lugar fue un gran lujo, y María Guevara, nuestra monitora, nos hizo valorarlo y que nos diésemos cuenta de lo afortunados que éramos.

Después de desayunar, tomar el malarone y recoger, fuimos en autobús hasta un convento en Mbarara. Allí, unas monjas nos recibieron con los brazos abiertos y gran alegría en sus rostros. Nos dieron de comer el pan típico ugandés: chapati, que era como un crepe que tomamos con azúcar. También nos dieron té típico de este país, café y piña. Me llamó mucho la atención que se acercaran a nosotros para agradecernos que estuviésemos allí cuando ellas nos habían acogido en su hogar y dado de comer.

Antes de una breve charla bailaron con música religiosa local. Una de las monjas más increíbles que he conocido, Evans, no quería salir a bailar si yo no salía con ella; por lo que allí fui a darlo todo. Después, el resto de los expedicionarios también lo hizo.

Nos llevaron a una iglesia donde había bastante gente bailando y cantando como si se tratase de una misa góspel. Fue una experiencia muy bonita y que todos disfrutamos. Luego fuimos con las monjas a un colegio en Butarem, bailamos y cantamos canciones españolas como la Macarena y canciones ugandesas. Los niños estuvieron muy cercanos y sonrientes, nos dijeron que nos agradecían enormemente haber venido a visitarlos porque hacía muchos años que no veían a ningún europeo.

En conclusión, del día de hoy me quedo con el amanecer, la caminata junto a las cebras, las monjas y todos los bailes del día.

Ha sido un día muy enriquecedor y en el que personalmente he disfrutado conociendo y relacionándome con los ugandeses.

Gracias por leerme.

Te quiero mucho mami.

un beso.

Álvaro Fernández Vega

 

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