La fiesta de la religión

Son las 20.56 horas del domingo. Llevamos sólo cinco días de expedición, pero bien podría ser un mes. Los expedicionarios se han adaptado al ritmo del campamento más rápido que otros años, todas las piezas del puzzle -horarios, actividades, despertares, turnos para tareas…- empiezan a colocarse ya en su sitio, y el grupo funciona como un ser único, engrasado como una locomotora del AVE.

Los ecos de la mañana, cuando el día es tan intenso, suenan a hace semanas, pero en verdad fueron hace pocas horas. A las ocho de la mañana, después de que los expedicionarios apuraran las primeras horas de la madrugada visionando ‘El último rey de Escocia’, la película fidedigna sobre las fechorías del dictador Idi Amin en la década de los 70, todavía con el sueño marcado en el rostro, acudieron a una misa que seguramente no han visto en su vida, y casi con certeza difícilmente volverán a repetir.

La iglesia de la congregación está aún en construcción, su base se ve adoquinada, sus imágenes son austeras, más que las castellanas, pero el espíritu que se vive dentro de la misa, tan intenso, tan visceral, traslada a los asistentes a la realidad africana. Las canciones, los coros y los bailes se suceden entremezclados con las oraciones y los salmos en una apoteosis religiosa que los jóvenes viven con inusitada atención.

Adolescentes con los mismos trajes coloridos bailan frente al altar, varios parroquianos sacan hacia allí a una joven portada a los hombros en una silla de plástico, los componentes del coro se balancean con una precisión suiza como si fueran una ola de mar y uno se da cuenta de que, aparte de esa maravillosa escenografía, una misa en España no es tan diferente a una ugandesa.

Nos queda sólo una noche para marcharnos de la misión de Butare y hay algo que se quiebra en nuestro interior. En cada ruta, en cada misión, dejamos un trozo de nosotros mismos desde hace 13 años,  pero esta vez la desazón es mayor. La Hermana Perpetua nos ha cuidado a todos como niños chicos, como a sus hijos, y esa sensación nos deja marcados cuando nos mira a los ojos y nos coge la mano. Y sonríe. Y nos vuelve a decir “thank you for coming”. Y nuestro corazón se reconforta. Y sólo tienes ganas de abrazarla.

Mirar a sus ojos es ver a Dios, entendiéndole cómo uno quiera, pero desde luego como un ser creador que entiende el mundo como un lugar donde la buena gente se encuentra con la buena gente, que es algo que en esta expedición ocurre a diario y la convierte en tan especial. “Ojalá algún día nos veamos de nuevo”, dice la Hermana, y de corazón nos sale que ojalá sea pronto.

Los expedicionarios se pudieron quitar la espina clavada del Mundial al ganar en los penaltis a la selección ugandesa tanto en chicas como en chicos, en un campo levantado en la ladera de una montaña rodeado de plátanos donde casi lo menos importante era jugar al fútbol, sino convivir juntos. Mientras, otro grupo se dirigió al pueblo cercano, donde pudieron comprar telas negociando con los locales, como si hubieran estado solos.

Por la tarde llegó el momento más intenso al hacerse la entrega oficial de los ordenadores traídos desde España, un evento que se convirtió en una fiesta compartida por todos, mientras a la noche Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo, director de la expedición, dio una conferencia sobre el viaje como modo de vida y como experiencia transformadora en base a sus numerosos viajes a Hispanoamérica que dejaron a los adolescentes boquiabiertos.

SERAFÍN DE PIGAFETTA
Cronista oficial de España Rumbo al Sur