Tan lejos y a la vez tan cerca

El polvo se extendía por todos los lados, mientras las ruedas giraban alrededor del suelo. El viento acariciaba nuestras facciones y aliviaba el calor que permanecía aún en nuestros cuerpos. Puedo decir que fue un día muy pesado, pero al mismo tiempo intenso, lleno de sorpresas y descubrimientos.

Como todos los días Pablo Martos nos levantó con su famoso ”¡Buenos días, salímos del saco, ropa deportiva!”, como si fuese la alarma de nuestro teléfono móvil, de un salto, recién levantados, dimos nuestra hora de deporte y seguidamente desayunamos.

Como era de esperar, los niños del colegio nos prepararon una gran despedida, haciendo, como siempre, sentir más de cerca la música en nuestro interior. Y de repente, ¡llegó el momento de coger el bus! Nos esperaban nada más que diez horitas de trayecto, ¡vamos, casi nada!

El sonido del motor era como el zumbido de una abeja junto a mi oreja. Al arrancar el bus, por los fuertes movimientos que se producían por las rocas me sentía como una palomita haciéndome en el microondas.

Por un momento, llegó la calma, cerré los párpados y caí en un profundo sueño. ¡Fue gloria de Santo! Al despertar pude observar que nos adentrabamos en una espectacular selva, llena de árboles, extensiones frondosas llena de una amplia vegetación. Mi cuerpo podía notar la humedad que transmitía la misma selva.

Bajamos del bus para poder extender las piernas y nada más posar los pies en el suelo, nos llevamos una gran sorpresa ¡En el suelo pudimos ver una mamba negra!, ¡Y menos mal que la había matado ya nuestro cocinero ugandes Walter! Fue impresionante poderla ver de cerca. No paraban de cesar las sorpresas, ¡un regalo para la vista! Tuvimos la gran suerte de ver a un conjunto de babuinos en la carretera.

El motor del bus seguía sonando hasta que paró. ¡Por fin llegó el momento que más esperaba del día! Cambiar los euros a chelines y la verdad es que eso también tuvo su punto de aventura.

Me sumergí en el gran mercado que había junto a la gasolinera. El olor de la pimienta, el curry y las semillas se introducían en mi olfato como tal fragancia, en ese momento sentí mi tierra, Valencia, como si estuviese en el mismo mercado central. Las telas, collares y brazaletes se entendían por todo el mercado. Me sentía como si estuviese en una película de Indiana Jones, en un gran bazar, pleno de colores y grandes sensaciones. Volvimos al bus y el trayecto seguía.

Mis ojos se cerraban cada vez más. No podía más con el cansancio de este largo día. Me dejé llevar acompañada por la brisa que entraba por la ventana. Al fin llegamos a nuestro esperado destino. Sólo puedo decir que fue la noche que dormí de un tirón y que más disfruté durmiendo. ¡Hasta el próximo día!

Alicia Victoria Cerdán Valls

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Un nuevo día, una nueva ilusión

Miércoles 25 de julio 2018, el noveno día de nuestro viaje, un día lleno de nuevas esperanzas, de nuevas ilusiones, de nuevas alegrías, de nuevas sorpresas, de nuevas decepciones y de nuevos sustos.

Pero empecemos por el principio: el despertar.

Al son del himno de la Legion, cada uno salía de su saco, algunos más dormidos que otros y otros más despiertos que algunos, y nos preparábamos para lo peor: deporte por la mañana. Es increíble cómo después de más de una semana con la misma rutina de siempre (ponerse a correr y sudar antes de desayunar e incluso antes de que nuestro cerebro sea capaz de sumar 2+2 correctamente), todavía no nos hayamos acostumbrado a ella.

Sin embargo, este día era diferente. Todos lo sentíamos. La promesa de aquello que tanto anhelábamos en el aire. Todos presentíamos su llegada.

No obstante, todavía no era el momento. Así que armados con nuestros macutos y nuestras mochilas, protegidos por el repelente de mosquitos y la crema solar, nos adentramos en el bus en busca de nuestra siguiente parada por Uganda con una sonrisa en la cara. Pero nadie nos advirtió de lo que se nos venía encima.

Horas y horas mirando por la ventana, viendo árboles y más árboles pasar. El polvo por todos los lados. El cansancio llamando a nuestras puertas. Y el calor, ese calor tan abrasador que nos impedía hacer casi cualquier cosa.

Hasta que por fin nos paramos en una carretera desierta. La furgoneta se había vuelto a romper. Pero eso no nos importaba en aquel momento.

La jungla (sí, estoy escribiendo sobre una jungla con lianas, árboles tan altos que no ves sus copas y seguramente con algún Tarzán en su interior) se extendía a los lados de la carretera. Con aquel instinto de aventura con el que nos caracterizamos todos, algunos de nosotros nos adentramos entre esos enormes árboles. La excursión no duró mucho hasta que nos encontramos con el primer habitante de aquella selva: una mamba negra. Afortunadamente, ésta estaba ya muerta gracias a nuestro cocinero ugandes Walter; pero aquello no impidió que saliéramos de allí y nos resguardáramos dentro del bus.

Poco a poco, el susto fue menguando y las risas, las canciones y los juegos volvieron a surgir. Pero no por mucho tiempo. Pronto, se convirtieron en gritos de sorpresa y alegría al ver una manada de babuinos. Con sus característicos traseros al aire, éstos se paseaban tranquilamente de un lado a otro, mirando en nuestra dirección de vez en cuando, para después trepar un árbol.

Pasadas estas experiencias, el hambre, el cansancio y el sudor volvieron a hacer mella en nosotros. Un par de horas más mirando el polvo flotar y los árboles pasar por la ventana, llegamos a una gasolinera. Pero eso no fue lo que nos hizo cantar de alegría. En cambio, la noticia de que aquel ugandés que llevaba aquel negocio cambiaba de euros a chelines ugandeses a un precio razonable (4.000 chelines = 1 euro), nos dio nuevas energías haciendo que el hambre, el cansancio y el sudor pasaran a un segundo plano. Por lo que recargados de estas nuevas energías y con los brazos llenos de comida, volvimos a subirnos al bus para aguantar el trayecto final.

Llegamos con las estrellas ya brillando en el cielo, deseando que esa promesa que seguía flotando en el aire se hiciera realidad. El sitio donde nos quedábamos era un hotel con el césped bien recortado y cuidado, con algún puñado de bichos repartidos por allí y por allá. Siguiendo las instrucciones de nuestros monitores, desplegamos la esterilla en aquel pasto, sacamos el saco y colgamos las mosquiteras con la ayuda de unas cuantas cuerdas atadas a los árboles.

No fue hasta la cena que la ilusión de que esta promesa se cumpliese, se desinfló como un globo pinchado.

Un día más pasaba. Un día más con la cara manchada de polvo y el pelo grasiento. Un día más con el cuerpo pidiendo a gritos una ducha. Una, que no llegaría ese miércoles 25 de julio 2018.

Así que nos tumbamos en nuestros sacos y dejamos que nuevas ilusiones florecieran al son de un nuevo día: jueves 26 de Julio 2018, el décimo día de nuestro viaje, un día lleno de nuevas esperanzas, de nuevas ilusiones, de nuevas alegrías, de nuevas sorpresas, de nuevas decepciones y de nuevos sustos.

Cristina Cañedo-Argüelles Domecq

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Respirando Uganda

Mariposas. Cientos de ellas juntas. Más de las que he visto a lo largo de toda mi vida. Mariposas blancas, marrones, negras, de colores. Volando nos dan la bienvenida.

Hemos llegado por fin a la selva ecuatorial. Bosque verde, frondoso, inexpugnable. La vista no alcanza más allá de cinco metros: árboles, lianas, ramas, arbustos… Es una masa preciosa de miles de verde combinados que abarca todo lo visible a ambos lados de la carretera. El asfalto resulta una aberración del hombre, que lucha incansable por controlar a la madre naturaleza.

Y es que es un lugar tan hermoso como peligroso. En el mismo borde de la carretra había una serpiente, una mamba negra, la más peligrosa del plantea. Por suerte estaba ya muerta cuando nosotros la vimos, ya que le había dado muerte Walter, pero sirve de recordatorio para incautos como nosotros que no conocen el lugar en el que están.

Al cabo del rato la mano del hombre se hace presente, sustituyendo el verdor inexpugnable por plantaciones de té y bananeras. Y más adelante el poblado, en el que estas gentes han encontrado un asentamiento para vivir, rodeados por kilómetros y kilómetros de selva. Hay casas ricas, grandes, pequeñas, apartadas o agrupadas…
El paisaje se va alternando a medida que avanzamos, pero las casas y la gente marcan mucho. Por primera vez desde que estamos aquí hemos visto chozas: casitas redondas de adobe con tejados de paja. La gente vive aquí con total tranquilidad, feliz, sin ser consciente de las comodidades que existen en otros lugares.
Mucho rato de bus más tarde hemos llegado a la ciudad de Fort Portal, donde hemos estado durante la hora de la comida. Hemos visitado un mercado local con puestos de todo tipo: fruta, cereales, especias, ropa, regalos… Una mezcla de colores de frutas y telas que recoge la esencia del país. El lugar perfecto para encontrar un detalle que llevarse a casa.

Continuamos en el bus hasta llegar a nuestro destino: el Masindi Hotel, el único establecimiento colonial que queda, en el cual se estableció toda la producción del rodaje de “La reina de África” en 1951.

Mi bus ha llegado antes, así que Mario, el monitor, nos ha propuesto una dinámica de grupo: hablar con alguien que todavía no conocíamos. Parece una tontería, pero todos los que estamos aquí tenemos algo especial que compartir. Rumbo al Sur es una experiencia única que reúne a todo tipo de jóvenes con un objetivo: conocerse a sí mismos. Y no hay mejor manera de hacerlo que compartiendo lo que somos y aprendiendo de lo que otros nos pueden aportar. Cada persona es única y merece la pena ser descubierta.

Nuria Casalé