Hoy nos hemos levantado donde solo los valientes se atreven a dormir: en una gasolinera, hogar temporal de camioneros exhaustos y sueños a medio cargar. Tras haber pasado el día anterior en un autobús durante 8 horas nuestros cuerpos dijeron basta… y nos tiramos a dormir ahí mismo, al lado del surtidor de gasolina y bajo el dulce arrullo de los camiones pasando a toda velocidad.
A las 4 de la mañana, mientras todo el mundo dormía, después de una noche de lluvia atronadora, nuestro archienemigo el altavoz jbl nos despertó con nuestra melodía favorita, el novio de la muerte, para posteriormente dejar hablar a Chema y repartirnos entre los distintos autobuses.
A esa hora ya no se trataba de comodidad, sino de supervivencia: daba igual en qué asiento te tocara mientras no fuera encima de una mochila con hebillas metálicas clavadas en diferentes partes de tu cuerpo. Algunos durmieron en los asientos; otros, en el pasillo, abrazados a su dignidad perdida y a una esterilla que ahora huele a humedad. Todo muy romántico gracias a que el autobús numero cuatro sufrió un pinchazo por la noche y hubo que repartir a todos sus ocupantes en el resto.
Después de unas 4 horas de traqueteo y cabezazos, a mitad de la mañana, la primera parada. Bocados de algo que, en nuestras alucinaciones de sueño roto supo a desayuno. Ha sido un desayuno funcional, el camino continuaba y no había tiempo que perder.
Luego, vuelta al autobús. Las ruedas no paraban, y nosotros tampoco. Lo más emocionante era ver cómo cada uno encontraba su postura para dormir sin morirse, mi favorita personal, el: yo ya no siento las piernas pero sigo soñando. De vez en cuando surgía alguna conversación aleatoria sobre cualquier cosa, porque después de tanto tiempo juntos, ya todos sabemos quién ronca, quién habla dormido y quién se quita los zapatos para estar mas cómodo.
A las 15:00, el clímax culinario: bocadillo de atún ya por tercera vez. El bocadillo de atún se ha convertido en nuestro nuevo tótem espiritual. Algunos ya han desarrollado branquias. Otros han comenzado a comunicarse en lenguaje delfín. El atún, que una vez fue sustento, es ahora enemigo. Si alguien vuelve a pronunciar la palabra “bocata”, se arriesga a ser arrojado por la ventanilla.
Llevábamos tantas horas en el autobús que el pasillo se había convertido en zona VIP. Los asientos eran ya una extensión de nuestro ser, y los murmullos colectivos, una especie de banda sonora indie del cansancio. A ratos nos reíamos, a ratos dormíamos, y en general… simplemente existíamos entre curvas, baches y sueños interrumpidos por frenazos.
Pero por fin, como en todo buen viaje épico, hay un final feliz (o al menos horizontal): llegamos al lugar donde vamos a dormir. Una zona de camping. Un trozo de tierra que no se mueve. Eso ya es todo lo que necesitamos. La idea de estirarnos sin escuchar el ronroneo constante del motor del bus es tan emocionante que casi lloramos.


