Crónica 02 agosto- camino hacia Villa de Leyva

El diluvio universal nos tenía que coger en una gasolinera. Algunas tiendas flotan sobre los charcos, otras resisten la noche estoicamente hasta que el calor obliga a algunos a abrirlas para airearse. El resultado, todo mojado. Amanece cuando estamos comiéndonos el rutinario pan con tomate y aceite, piedra angular de nuestra alimentación.

Salimos y seguimos, entramos en la provincia de Santander, que linda con Venezuela. En el autobús se duerme lo que no se ha dormido por la noche. Entre charla y charla Marina nos enseña su cuaderno de viaje, con el que flipamos todos. El cronista pone música, y si alguno quedaba despierto, tras un par de selectas canciones duerme profundamente.

Bus, bus, bus y un poco más si cabe. Todo el día en el bus. En un principio es aburrido, pero los expedicionarios se lo pasan bien, hablan, ríen y, cuando el cronista deja de pinchar cosas que nadie conoce, cantan. Se aprovecha también para leer y escribir en los cuadernos, ultimar detalles del dibujo o cambiar algo que no convence en la crónica diaria. Paisaje increíble, todavía cuesta acostumbrarse a ver este panorama tan único continuamente. Habrá que hacerlo.

Paramos en la localidad de Vado Real, allí comemos y Jorge, expedicionario, encuentra unas guindillas que nos da a probar a algunos. Picor infernal, garganta inexistente. «¡Agua!…¡Agua!» se escucha por todas partes. Una vez acaba el horror de la guindilla llega Mar con unas hormigas autóctonas llamadas `culonas´, que nos obliga a comer a todos. Tortura de parada, entre la guindilla y la hormiga ya no queda nada más horrible por hacer.

Horas más tarde, todavía en el autobús. Recuerda a la canción del argentino José Larralde «Porque se llama ausencia» («eterna es la distancia; eterno es el camino; eterno es el regreso y eterno es mi destino…») Eternidad en un asiento de autobús, hasta que por fin llegamos a Villa de Leyva.

Frío siberiano en este pueblo que parece la Rioja. Casas blancas, bajas, plazas, plazoletas, amplias calles empedradas. Fue Andrés Díaz Venero de Leyva, primer presidente de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá el fundador de esta villa en el año 1572. En conmemoración al cuarto centenario de su fundación, una estatua a los pies de la catedral nos recuerda la figura del hombre que impulsó su creación.

Nos recibe un cuentacuentos, que, como es de prever, nos contó unos cuentos que el cronista no logró entender, aplausos, a la cama, o al suelo mejor dicho.

Y como un esquimal me hundo de nuevo en un saco que ya creía inservible. Y otros muchos también. A la luz de una hoguera recordamos muchos de los momentos que hemos vivido en este viaje, entre las casas que rodean un viejo molino de la época española.

Y mañana en la Villa de Leyva de nuevo, cuyas calles nos recuerdan mucho a España, a nuestras propias calles y casas, las cuales, por gracia o por desgracia, veremos pronto.

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