Del mar de cemento al desierto de arena, de cerros que dan al Pacífico, al intenso azul infinito que se presenta ante nosotros. Del ruido a la calma. Nos encontramos al sur del distrito de Santa Rosa, al norte de la capital, tras un madrugón con el que hemos evitado el atasco. Estamos en un poblado de invasión, en el colegio de Santo Tomás de Valencia, regentado por el padre Vicente Font, valenciano que en 2005 llegó a este paisaje que mezcla Marte con Mad max como misionero agustino. Fundó este colegio tras un duro pulso con especuladores que promueven las crecientes invasiones inmobiliarias. En él 900 niños estudian y tienen oportunidad de recibir educación primaria y secundaria. De otra forma no tendrían manera de escolarizarse por la lejanía del resto de núcleos urbanos y el elevado precio del transporte.
Uniformados, 150 estudiantes de toda edad y condición han recibido con los brazos abiertos a los 147 expedicionarios. Compartiendo, riendo, y jugando al fútbol se pasa la tarde en el colegio. Suena música de Spaghetti Western entre el polvo que pisamos. Huele a polvo y a mar. Se juega al fútbol con los chicos del colegio y al volleyball con las chicas.
Más tarde oímos misa según el rito tradicional en el auditorio del colegio. Y la noche se abalanza sobre esta costa limeña mientras escuchamos las presentaciones de los miembros del equipo. Se escuchan ovaciones cuando Raúl, profesor de bachata, merengue, salsa y, además, batman. Porque ha aparecido vestido de batman a la presentación desatando carcajadas entre los jóvenes.
Hablar con los chicos del colegio me ha llevado a una conclusión. Nada es de nosotros si no por lo que nos precede. Somos herederos de una historia comun y de un legado que muchos desgraciadamente han perdido. Y por eso valoro enormemente la labor del padre Vicente, que es, entre otras muchas, la de devolver la autoestima y el arraigo a las cientos de familias que aquí viven.


