Crónica 19 julio. Jaime Hoyos

España Rumbo al Sur empezó siendo para mí «una expedición dura en la que duermes muy poco y comes mal, trabajas y haces deporte», eso era lo que me habían contado. La maleta llena de medicinas, objetos que nunca utilizaría en Madrid y una escasa cantidad de ropa lo testificaban.

Con una sensación de que nos íbamos a la guerra, llegué al aeropuerto de Barajas. Al principio vi a mucha gente vestida de igual manera, «disfrazados» con botas y pantalones desmontables. Todavía no identificaba a ningún conocido pero llegó Bruno, una persona con la que tenía un amigo en común, pasó a ser instantáneamente mi amigo.

La expedición se dividía en dos vuelos y a mí me tocó el vuelo número dos. Lima desde el avión era impresionante, grandes montañas marrones, una ciudad llena de casas a medio construir muy humildes y el mar, todo de ese mismo color marrón característico de aquí. Nos impactó mucho el contraste con lo que realmente era lo que veías una vez aterrizabas, puesto que el orden y la limpieza eran dos de sus puntos débiles.

Ya empecé a darme cuenta de que las apariencias engañan, cuando vi la segunda cosa que me impactó: la cena del primer día consistía en un platito de pasta, que acabó sabiéndome a gloria, tanto que a la mañana siguiente, me sorprendí a mi mismo tomándolo de desayuno.

El primer día después del vuelo, llegué a pensar «dónde me he metido», admito que se me hizo duro por la mezcla del jet lag y las fiestas de la Virgen del Carmen, patrona de Lima pues la noche que llegamos, tuvimos fuegos artificiales que sonaban fuerte y alto, no ayudaba nada para poder dormir. Como primera actividad, básicamente plantamos árboles y por la tarde visitamos museos en los que aprendimos de la cultura sobre Perú.

El segundo día nos levantamos a las 5 y nos fuimos inmediatamente. Fui todo el trayecto del bus mirando por la ventana, viendo chabolas y edificios a medio construir, además de personas yendo a trabajar. Cuando bajamos del autobús nos dieron órdenes de coger todo, y tuve la tentación de pensar «me vuelvo a Madrid» pero resultó que el colegio que visitamos, me hizo replanteármelo todo, estuvo bastante bien.

Vinieron los niños del colegio a visitarnos, y después de hablar con ellos un rato, acabamos jugando al fútbol. En ese rato tuve una conversación con un militar y dos niños muy interesante, porque hablamos sobre guerras, militares y la vida en Perú, entre otros temas. Por la tarde tuvimos una caminata que, para mí, de momento ha sido el mejor plan que hemos hecho. Las vistas en lo alto de la montaña eran que impresionantes. Desde ahí podíamos ver a la vez el mar, las casas, dunas y montañas. Entonces pude ver el encanto de Lima.

La sensación que tengo ahora de ERS es muy distinta que al principio, es integrarse, conocer y ayudar en sitios que en otra ocasión no visitarías, implicándose con la gente y el lugar.

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