Se llega a la Academia de Infantería un poco como lo harían murciélagos, avanzando a ciegas, sin distinguir realmente aquello que nos espera, pero guiados por una sensación, una idea, de lo monumental que van a ser los días venideros. Días que exigen todo lo que somos y un poco más, de veintiún horas cada uno, de manera que lo que fueron solo cuatro días fue suficiente para transformar el paradigma bajo el cual contemplas la vida.
Creciendo, oímos con frecuencia que se debe vivir la vida desde la gratitud. Sin embargo, comprender realmente lo que significa esto, de manera que se pueda aplicar día tras día tras día implica un gran esfuerzo.
Esa primera noche, la caminata hasta el Palacio de Sisla con ambas mochilas sobre los hombros, el peso física y mentalmente arrastrando nuestras cabezas hacia abajo, haciéndonos luchar contra estar -de esta forma- cabizbajos frente a los obstáculos que se nos interponen, lo cambió todos.
Los días que siguieron nos pusieron a prueba en todos los sentidos de la frase pero, ante todo, descubrí un agradecimiento inesperado al ir sin dicho peso. A pesar del cansancio, cada muro que escalaba y cada foso que salvaba durante los recorridos militares sentía que volaba, extraordinariamente ligera sin las mochilas.
A raíz de ello, nació, de manera incomprensiblemente fácil la capacidad de encontrar lo que agradecer en cualquier situación: fregando platos, por haber compartido una cena entre amigos o, madrugando a las seis de la mañana en plena naturaleza, por ser tan afortunada como para haber podido contemplar tres amaneceres de tal belleza, por primera vez.
Entendí entonces, como tantos otros habrán hecho, que la gratitud no se debe expresar a ratos, reservada para momentos que consideramos «increíbles». Porque realmente lo increíble es aquello con inmenso valor que encontramos en los momentos más «sencillos», más «normales», aquello que ofrece plenitud y luz en lo cotidiano.


