Los días empiezan invariablemente con “Las Valkirias» de Wagner a todo trapo. Y es que salir del saco puede parecer un logro digno de héroe. Pero cuando lo consigues y haces el esfuerzo sobrehumano de separar los párpados, la belleza del amanecer desde Sisla con los himnos militares de fondo lo compensa todo.
La marcha hasta la Academia es agradable y transcurre en el silencio o entre conversaciones a ratos intrascendentes, a ratos profundas. O quizá algún alumno de la Academia entona alguna canción de paso ordinario. Llega la hora del deporte y los distintos grupos de expedicionarios se encuentran frente a la pista americana o la pista de combate: ambas son una sucesión de obstáculos en los que al principio piensas «no puedo» y luego descubres que, efectivamente, puedes. Porque como nos dijo un teniente coronel el primer día «vence quien tiene voluntad de vencer». Una vez más, la experiencia militar nunca se equivoca. Los instructores, voluntarios suboficiales de primer curso, nos llevan por las calles de la Academia y nos enseñan orden cerrado. Al principio podemos leer la risa en sus ojos cuando tratamos en vano de andar a un tiempo, pero poco después se convierte en una especie de orgullo cuando conseguimos integrar sus órdenes con exactitud casi militar (decir militar sería demasiado presuntuoso). El paso ligero es de lo mejor porque puedes cantar a voz en grito mientras trotas con tu pelotón (así nos llaman los instructores) por un complejo tan histórico, tan bello y épico como es la Academia de Infantería. A continuación toca el ansiado momento de coger plato, poto y cubiertos y hacer fila frente a los pucheros, donde siempre hay buen humor y probablemente tendremos contar un chiste si queremos recibir nuestro desayuno. El desfile general tiene lugar frente a la fachada y la enorme Bandera de España. Tenemos que dar varias vueltas hasta que conseguimos coordinar casi trescientos pies que, como insisten en gritarnos y exigirnos los caballeros alumnos, «deben ser un sólo pie». No se equivocan. Cuando lo logramos con ayuda de las voces de guía de los militares, nos damos cuenta de que el esfuerzo y las horas bajo el homicida sol toledano han valido la pena. El suelo retumba a cada paso. Te sientes muy pequeño en una formación tan grande: tu paso apenas se oye en ese rugido fiero de botas. Pero en el momento en que comprendes que ese rugido es tu paso y te identificas con esa formación de compañeros, entiendes lo que trataban de explicarte los voluntarios: «Quienes desfilan juntos tienen un sólo alma, porque tienen un sólo paso, un sólo camino y un destino común.» Ese destino es Perú. Pero hasta que pongamos rumbo al sur los días siguen pasando. Cada día en la Academia (parecen tener cincuenta horas y pasar volando a la vez) empieza un poco más cansados pero muchísimo más motivados que el anterior. Porque nadie puede ser indiferente a la actitud de sacrificio, entrega, lealtad y superación que se respira en cada palabra, gesto y mirada de los militares que generosamente nos dan charlas y nos acompañan. El ejemplo es el mejor regalo que nos han dado. Ahora somos, como nos recordó el coronel de la Academia, “un poco infantes” y “embajadores de España”. Intentemos estar a la altura.

Prensa
España Rumbo al Sur regresa a la Academia de Infantería con una edición cargada de sorpresas y experiencias que pocos conocen antes de comenzar
Descubre cómo 130 jóvenes afrontaron un desafío único en la Academia de Infantería para prepararse antes de partir a Perú. ¡Una experiencia inolvidable!

