Llegué a Toledo con muchas ganas, algo de nervios y bastantes expectativas.
Desde el primer momento, al ver el Alcázar y la enorme Academia de Infantería, sentí que lo que iba a vivir allí iba a ser algo muy especial. Nos recibieron con sonrisas y con gente joven, y cuando nos pusimos la camiseta sentí que ya formaba parte de algo grande: España Rumbo al Sur 2026. Conocimos a nuestros grupos y monitores, y poco a poco empezamos a hacer piña, creando un ambiente de equipo que nos acompañaría todos esos días. Las primeras charlas nos ayudaron a entender mejor dónde estábamos y lo que significaba formar parte de esto. Escuchar a militares y a personas con tanta experiencia me hizo pensar y valorar cosas que muchas veces damos por hechas. Pasear por Toledo al atardecer mientras aprendíamos sobre la historia de España fue una de esas experiencias que se te quedan sin darte cuenta. En la Academia empezó lo más intenso. Los circuitos de combate, la pista americana y todos los obstáculos nos exigían esfuerzo, superación y trabajar en equipo.
Hubo momentos duros, pero también una gran satisfacción al superarlos. Saber que los militares hacen eso con mochilas de 30 kilos, casco y fusil me hizo admirarlos muchísimo. Ahí entendí de verdad lo que es el sacrificio y el servicio. También hubo momentos más divertidos, como cuando terminábamos todos empapados en los obstáculos o cuando nos enseñaron cosas como sobrevivir en el agua o técnicas básicas de combate. Cada actividad tenía algo que enseñarte: disciplina, compañerismo o saber adaptarte. Las charlas fueron muy importantes también. Aprendí sobre historia, sobre el Virreinato de Perú y sobre cómo afrontar la vida con valores. Incluso tratamos temas en los que nunca había pensado, como la violencia o la importancia de estar preparado. Hubo testimonios que me impactaron mucho, como el de Pablo, que para mí representa la superación, la humildad y la valentía. Y momentos como escuchar el himno de España en silencio, todos juntos, se me van a quedar para siempre. También tuvimos momentos para parar y pensar, como la Santa Misa en la capilla de la Academia, donde tuve la suerte de leer. Fue un momento de calma que me ayudó a valorar aún más todo lo que estábamos viviendo. Las noches también fueron increíbles: caminatas en silencio, algún susto inesperado, ver Toledo iluminado a lo lejos y simulacros que nos ponían en tensión total. Todo formaba parte de una experiencia única que te sacaba de tu zona de confort y te hacía crecer.
El último día llegó casi sin darme cuenta. Estábamos cansados, pero también orgullosos, y conseguimos completar la pista entera. Recibí un diploma de compañerismo que me hizo mucha ilusión, porque refleja uno de los valores más importantes que me llevo: el equipo. Me fui de allí cansado, sí, pero sobre todo agradecido. A los monitores, a los militares, a la organización y a cada uno de mis compañeros. Me llevo aprendizajes, recuerdos y valores que sé que me van a acompañar siempre: esfuerzo, disciplina, respeto, compañerismo, fe y amor por España. Ahora toca ir a Madrid y seguir con la aventura.
Empieza la cuenta atrás para Perú, pero tengo claro que lo vivido en Toledo ha sido solo el comienzo de algo mucho más grande.


