El ruido de los gallos nos despierta al alba, destellos de cálida luz iluminan el valle de la sagrada ciudad de Caral. Con los resquicios de luz partimos en grupo como si una manada fuéramos, la fresca pero húmeda brisa soplaba provocado una sensación de alivio a pesar de ser ligeramente agobiante.
A pesar del cansancio que empezaba a aumentar, al levantar la mirada y ver la inmensidad del valle, te dabas cuenta de lo afortunados que somos de poder estar viviendo esta experiencia única, rodeados de gente excepcional.
Después de un bien merecido desayuno, partimos al corazón del valle, donde visitamos la ciudad más antigua de toda América, ubicada entre montañas y dunas que no dejan espacio al error, dejándola cerrada herméticamente del mundo exterior. Siete pirámides construídas sobre las dunas se alzaban de forma majestuosa sobre el valle desértico. Un pequeño río daba lugar a un pequeño oasis que devolvía la esperanza y a su vez era capaz de sostener a esta civilización.
Tras la escasa pero gratificante comida, partimos hacia un destino desconocido en bus, un trayecto que parecía eterno pero que te recompensaba con paisajes únicos e inolvidables. La puesta de sol sobre el Pacífico, pintaba el cielo como si de un lienzo se tratara, brindándonos con un recuerdo inolvidable.


