Es bonito ver cómo la ciudad de Guadalupe se ha volcado en cuerpo y alma con nosotros. Su nombre nos transporta al siglo XVII, cuando un local de aquí se encomendó a la Virgen guadalupana en un pleito que le acusaba falsamente y le sentenciaría a muerte. A pesar de las dificultades se descubrió en última instancia que era inocente. Como agradecimiento, este habitante del virreinato construyó la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe y el convento que a su lado se encuentra.
Subir escaleras es un deporte odioso que no entiendo, pero hoy tenía un propósito más allá de mis preferencias. Hemos subido al Cerro de Guadalupe, y bien cargados además. La radio de España Rumbo al Sur tenía que hacerse hoy a la sombra de Nuestra Señora, que reina en las alturas de estas tierras. Para hacerlo, Jimbo y el cronista tienen que subir un generador de energía al cerro, y corriendo se van a la gasolinera más cercana en un tuc-tuc que iba a paso de tortuga a comprar combustible.
Hemos hecho la radio en la cima del cerro, viendo el atardecer peruano, rodeados de una llanura inmensa que protegen enormes montañas. No me queda más que agradecer, desde mi papel en la expedición, a los expedicionarios, a Óscar Espinosa y a la ciudad de Guadalupe por haber hecho de mi día una película maravillosa que muchas veces querré recordar en el futuro. Los bailes tradicionales entre los arcos del antiguo convento, la música norteña, la alegría de sus gentes y la luz que todos ellos irradian. Es una suerte vivir la hispanidad. Desde la Fe, la alegría y el arte. Que a la sombra de la Virgen de Guadalupe sigamos viviendo esta alegría que es ser hispano.


