21/07/2025
Amanece en Ciudad Don Bosco. El cansancio se hace notar cada vez más, pero el día promete y hay que estar a la altura. Baño en la piscina de buena mañana, agua congelada. Los expedicionarios se van a hacer deporte y luego a desayunar. Sobre la mesa de cocina hay pan, tomate, colacao, leche y todo lo necesario para ser feliz. Muchos niños del internado comparten con nosotros la mañana antes de irse a sus clases.
Los niños que viven aquí vienen de situaciones muy difíciles, tienen todos increíbles historias que contar y han sufrido cosas que ningún niño debería haber sufrido. Los salesianos hacen una enorme labor de enseñanza y de reinserción social, dan esperanza a estos chicos que merecen tener una segunda oportunidad en la vida. Vemos, oímos y aprendemos mientras visitamos los edificios de la Ciudad Don Bosco.
La nublada mañana da paso a la nublada tarde, jugamos con los niños al volley-ball, al fútbol y hasta se preparan bailes. Los expedicionarios hablan con ellos, estos les cuentan sus historias. Especialmente impactante la historia de Juan Andrés, de la cual me entero gracias a Miguel, expedicionario, que me cuenta cómo este chico de tan sólo trece años fue abandonado hace eso de un año por su familia sin razón aparente, y que a pesar del dolor que sufre solo daba sonrisas y agradecimientos a todo aquel que se le acercara. Muchos como Juan Andrés no tienen la suerte de haber encontrado en este lugar una nueva vida. Nosotros no podemos hacer más que escuchar, ayudar y agradecer, principalmente agradecer el haber nacido en un entorno privilegiado, tan alejado de las penurias, del hambre, del dolor y la enfermedad, pero también agradecer el ser conscientes de la existencia de que mucha gente las sufre diariamente y de la labor de, por ejemplo, estos misioneros salesianos que luchan por ellos y por su dignidad.
Fuera de los muros de Don Bosco bulle en ruido un barrio construido en vertical, el barrio de Aure, en honor a Aureliano, que donó su hacienda hace más de medio siglo en favor de la ciudad. Al oscurecer salimos de las puertas del complejo para dar un paseo y conocer mejor la zona. Al vernos muchos vecinos salen por las ventanas a cantar, otros bailan en las calles, o simplemente observan el panorama. A la luz de las farolas hay pequeños puestos de comida, donde se amontonan los perros a ver si pillan algo. Las cuestas son constantes, y no paramos de subir hacia la cima del monte. Allí llegamos al mirador del Sagrado Corazón, desde el que vemos la totalidad de Medellín, que asombra por su tamaño y forma.
Volviendo del mirador vemos la realidad de esta zona en las alturas de Medellín. Calles llenas de basura, pobreza, miseria, abandono y suciedad. Al mirar a los ojos de la gente se adivinan historias duras, faltas de bondad o de bien, mediocres. Historias que debemos conocer para ser diferentes y para dar gracias por nuestra situación.
Agradecemos enormemente a los salesianos el habernos acogido de nuevo, como otros muchos años han hecho. Admiramos su labor, tanto aquí como en todos los sitios donde está la imagen de San Juan Bosco. Gracias por habernos mostrado esta bella acción en este lugar, no olvidaremos lo aprendido.


