Crónica 22 julio. Adriana González

Es increíble pensar que llevamos ya una semana en Perú. Siento que en siete días he conectado más con la gente que en toda mi vida en el colegio, y es algo que me encanta de Rumbo al Sur. La gente viene porque es aventurera, no les importa desconectar de redes durante semanas y tienen objetivos que a una persona corriente podrían parecerle inalcanzables.

Estamos viviendo experiencias que seguro que nos emocionarán al contárselas a nuestros descendientes. Por mucho que nos quejemos de que no podemos repetir comida, nos duchemos poco y nos estemos moviendo de campamento, al fin y al cabo vamos a recordar los pequeños momentos, hablando de madrugada en el saco de dormir, echándonos unas risas o probando comida que sabíamos que nos iba a sentar mal.

Si hay algo que he aprendido esta semana es a sonreír aunque todo salga patas arriba. Es vital para esta expedición enfocarse en lo bonito o en lo que se puede aprender de una mala experiencia. Me encanta cómo está influyendo en mi estado de ánimo y cómo también lo hace positivamente en los demás.

Me gustaría aprovechar ésta crónica para agradecer brevemente a mi madre por ayudarme a levantarme los ánimos el año pasado cuando no pude ir a Colombia. Gracias por ver más potencial en mí del que yo misma veía y poder vivir esa experiencia maravillosa e inolvidable.

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