Es increíble pensar que llevamos ya una semana en Perú. Siento que en siete días he conectado más con la gente que en toda mi vida en el colegio, y es algo que me encanta de Rumbo al Sur. La gente viene porque es aventurera, no les importa desconectar de redes durante semanas y tienen objetivos que a una persona corriente podrían parecerle inalcanzables.
Estamos viviendo experiencias que seguro que nos emocionarán al contárselas a nuestros descendientes. Por mucho que nos quejemos de que no podemos repetir comida, nos duchemos poco y nos estemos moviendo de campamento, al fin y al cabo vamos a recordar los pequeños momentos, hablando de madrugada en el saco de dormir, echándonos unas risas o probando comida que sabíamos que nos iba a sentar mal.
Si hay algo que he aprendido esta semana es a sonreír aunque todo salga patas arriba. Es vital para esta expedición enfocarse en lo bonito o en lo que se puede aprender de una mala experiencia. Me encanta cómo está influyendo en mi estado de ánimo y cómo también lo hace positivamente en los demás.
Me gustaría aprovechar ésta crónica para agradecer brevemente a mi madre por ayudarme a levantarme los ánimos el año pasado cuando no pude ir a Colombia. Gracias por ver más potencial en mí del que yo misma veía y poder vivir esa experiencia maravillosa e inolvidable.


