Cuando a uno le despiertan a las tres de la mañana no se espera reacción rápida. Sin embargo nosotros, que somos 200 (más o menos), hemos salido del saco en tres minutos, hemos batido el campamento y nos hemos metido en los autobuses. Estas horas tan tempranas para salir se deben a que el viaje es más largo que un día sin pan. Nos vamos a la ciudad de Chachapoyas, entre los Andes y el inicio de la selva del Amazonas…
Los expedicionarios están cansados de tanta actividad, y dejan en los buses la estampa propia de un cementerio. Aunque estoicos hay algunos que aguantan y conversan durante el trayecto. Yo personalmente ya estaba metido en mi ataúd personal sin interés de conversación alguna. De repente me despierto y parece que ya no estoy en Perú, no al menos en el Perú que hasta ahora he visto. Entre cerros llenos de árboles el convoy de la expedición sigue su ruta hacia el Este.
Cuando la noche cubre los cerros llegamos por fin a Chachapoyas. Es una ciudad en alturas que marca la frontera de los Andes con la selva amazónica. En la plaza de armas cenamos pollo con patatas. La expedición se reúne a bailar en la plaza, siguiendo los pasos de Raúl, profesor de bachata merengue y salsa de España Rumbo al Sur.
Recuerdo ahora la charla que nos dio Alfonso J Ussía en la primera fase en Toledo. Se centró en que debemos aprovechar verdaderamente esto, y también se me viene a la cabeza una frase de Jelen, de redes sociales: «No pases por ERS, deja que ERS pase por ti». Y esta edición lo veo claro. Para muchos de los expedicionarios este viaje es un capítulo ilusionante de sus propias vidas. Qué menos que enorgullecerse de ello.


