La noche estaba cerrada, nada se escuchaba en el campamento, nada más que el oleaje. La paz reinaba en cada tienda hasta que la música nos inundó los oídos y se empezó a escuchar el ya familiar «despertamos a nuestros compañeros y recogemos nuestras tiendas».
El amanecer nublado nos acompañó durante el inicio de nuestro andar. Los pantalones largos y camisas se convertían en camiseta y pantalones cortos en cuanto el resplandor del sol se hizo presente.
Subíamos y subíamos sin conocer nuestro destino, solo sabíamos que dejábamos aquella playa de Cabo Tiburón buscando la aventura y a la vez también una parte de nuestro corazón que creíamos olvidado.
Delante de nosotros había una escalera sin fin, escalera que subimos poco a poco, sin parar, aunque eso no quería decir que no costase. Escalón a escalón, el calor y la humedad ponían a prueba nuestra fuerza, prueba que mereció la pena en cuanto llegamos a lo alto a ese punto entre Colombia y Panamá.
Más abajo nos esperaba una playa de aguas cristalinas y arena blanquecina, en la que la marea se llevó nuestro cansancio y nuestras preocupaciones. La Miel era una verdadera maravilla escondida.
El camino nos llevó cuesta arriba, ¡y menuda cuesta arriba que parecía que no se acababa nunca! Todo dolor se iba cuando mirabas a tu lado y veías las montañas y aquella playa en la que habías dormido y que tan lejos parecía ahora.
En lo más alto, un mirador nos esperaba. Un mirador que te dejaba deseante de quedarte un ratito más.
A pesar de ello, la aventura no esperaba a nadie y debía seguir, por lo que también seguimos nosotros con ella. Pasado Capurganá la maleza se iba haciendo más espesa y la huella humana se iba borrando, como si fuese algo escrito en las arenas, esperando a ser borrada por la marea.
Carla Martín Barrena
Expedicionaria ERS 2025


