Crónica 25 julio. Aguacate-Arboletes

25/07/2025

Cuando aún son las cinco de la mañana, un ruido molesto se entromete y me despierto desconcertado. Miro a través de la mosquitera. Cae del cielo una lluvia torrencial que pronto despierta a todos. A mi alrededor veo a los incautos que no pusieron la capa impermeable a su tienda correr despavoridos y ponerla como buenamente pueden. Cesa la tormenta y vuelvo al apacible descanso.

Toque de diana pocos minutos después. Corriendo al deporte, deporte, corriendo de vuelta al desayuno. Exhaustos llegan a la cocina. En pleno desayuno vuelve a llover en el campamento. Sigue y sigue lloviendo cuando algunos valientes se exponen al viento y al frío para bañarse en el mar. A media mañana nos avisan de un nuevo desplazamiento. Botas y capa de agua, mochila al hombro. Mojados avanzamos por la playa de Aguacate hasta llegar a un pequeño embarcadero. En él hay una imagen de la Virgen María con el Niño en brazos, que sujeta a su vez la mitad de un aguacate en cada una de sus manos. Rara acepción de la Virgen que no conocía.

Hablando de todo un poco se ameniza la espera. A lo lejos se aprecian tres lanchas que se disponen a recogernos. Carga del material bajo la lluvia. Inestimable la ayuda de todos los expedicionarios a la hora de acelerar el proceso de carga y embarque. Partimos hacia el Este.

A nuestras espaldas dejamos un lugar tan misterioso como interesante, enorme, imponente, que invade todo y a todos los que lo pisan. Dejamos atrás la selva del Darién, escenario de muchas grandes cosas, como la labor de Pablo y Andrea, pero también de muchas otras situaciones duras que inevitablemente están sucediendo, como por ejemplo la inmigración masiva que trata de pasar por aquí para llegar a Estados Unidos en una penosa marcha que a muchos les cuesta la vida.

Cuando ya hemos perdido de vista el Darién, nos queda aun una hora para llegar a puerto. Los que no duermen miran el mar, o cierran los ojos para sentir el viento o los cierran para dormirse, algunos se arriesgan y escriben anotaciones en el cuaderno de viaje. Vemos tierra al frente, es la ciudad de Necoclí. Al llegar se nos recibe con un bocadillo y una piña, que ya vemos como el mejor y más completo de los platos. «¡Todos al autobús!» gritan los monitores al unísono. Dicho y hecho, subidos y sentados, saludados nuestros conductores y cambiadas nuestras ropas (que ya eran poco más que trapos), salimos por la carretera que bordea el mar en dirección a la ciudad de Arboletes.

Investigando el origen del nombre de la ciudad encuentro que viene a llamarse así por la existencia de unos enormes árboles que allí se encuentran. Miro por la ventana para ver si los veo, pero solo encuentro arbustos y matorrales, y algún que otro árbol pequeño en medio de campos para el ganado. Sólo se ven arboletes, tal vez sea por eso.

Al llegar al lugar tuvimos la enorme suerte de ser recibidos en la plaza principal por la casa de la cultura de la ciudad, que nos preparó unos bailes de buyerengue y cumbia en directo. Tras el baile de nuevo en marcha. Es noche cerrada cuando llegamos a la Finca la Manuela, un maravilloso lugar donde, gracias a Pablo y a Andrea, nos permiten montar el campamento. Al abrigo de un techo se monta la radio, frente al mar. Se cena y se proyecta «1492: La Conquista del Paraíso», buenísima y larguísima, forma parte indispensable del programa académico de España Rumbo al Sur.

Y retirado en la paz de mi hamaca pienso un poco en todo, y me doy cuenta de que la mitad de todo esto ya la hemos vivido, que a pesar de que quede mucho, cuando acabe parecerá un simple recuerdo, un momento que pasó y se fue como vino, hagamos que permanezca en nuestra memoria, no hay mejor consejo que ese.

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