Bajamos la cordillera de los Andes en sepulcral silencio. Todos admiramos desde las ventanas del autobús esta gran frontera que da paso a la ceja del Amazonas. Nos adentramos en el verde infinito. Bajan los ríos con furia por los valles, en busca del lejano Océano Atlántico, que frena el manto verde que desde Venezuela a Uruguay y desde Brasil hasta el Perú se extiende.
Llegamos sin comer a Chiriaco, y cruzamos el río Marañón en barca hasta llegar a la misión Fe y Alegría, donde la madre Isabel nos recibe junto a la comunidad Wachapea, que alegre y risueña nos acoge entre cantos y bailes tradicionales.
Tras una eterna jornada de viaje y un agotador transporte del material, nos establecemos en esta idílica misión amazónica que recuerda a tiempos pasados.


