26/07/2025
«La vida es sueño y los sueños sueños son» dice don Calderón de la Barca. A pesar de haber nacido tan ilustre personaje hace ya unos cuantos siglos, describe exactamente lo que ocurre aquí, tan lejos de España y de aquella época, aunque no en el sentido en que Calderón la escribió. Tenemos sueño, pero el ritmo de la expedición ya lo han adaptado la mayoría a su rutina. No es el caso del cronista, que despierta cada mañana más desubicado. Anonadado y retirando legañas miro el plantel. Dani a la cabeza preside a un ejército de expedicionarios haciendo abdominales. Me levanto y me estoy poniendo las botas con envidiable torpeza cuando Jon, conductor del minibús, me mira serio y me dice «Usted es un mamagallo, llantalisa» acto seguido sigue su paseo sin mediar más palabra. Orgulloso imagino que me elogia, luego le pregunto, parece que significa que soy un vago. Sueño matador.
Desayuno y en marcha, nos vamos andando unos metros monte arriba cuando vemos una enorme piscina de lodo. Es el volcán de lodo de Arboletes, un fenómeno natural increíble. En esta piscina es posible flotar gracias a unos sulfatos que sueltan aire en el fondo y mantienen nuestro peso en la superficie. Asqueroso pero alucinante, saltamos a la piscina y nos ponemos a nadar como buenamente podemos. Al salir parecemos un ejército de pigmeos dispuestos para la caza del león. Risas y guerras de barro, luego a la playa a limpiarse y quitarse esto, que se mete hasta por las orejas.
Hay olas en la playa y se hace surf con las dos tablas que tenemos. Jimmy, del equipo de material y cocina, coge un par bastante buenas, Alvar le sigue. El resto se dispone a recoger el campamento. Volvemos a partir, más al Este, a orillas del famosísimo río Magdalena, a Calamar. Por este río bajó hace casi cinco siglos un tal Jiménez de Quesada, cuando aún todo el interior de la actual Colombia era territorio desconocido. Terminó siendo la vía principal del que luego se llamó Nuevo Reino de Granada.
Antes de partir maravillosa comida, de la mano de Krasi, Creever, Gonzalo, Diego y todo el equipo de material y cocina. Nos recuperamos definitivamente del deporte y del lodo, que al final se volvía agotador.
En el trayecto paisaje caribeño, palmeras, colmados a los lados, pueblos de pescadores y ganaderos, puentes sobre ríos y pantanos. Suena cumbia, buyerengue y vallenato, motos en la carretera en una incesante procesión, baches que interrumpen la siesta, calor y algún que otro mosquito. Ya de noche llegamos.
Llegada y bajada del autobús. Nos recibe un viento que levanta polvo de las calles y se mete por los ojos. Alguno comenta que ahora comprende por qué Clint Eastwood tenía siempre los ojos medio cerrados en las películas del Oeste. Mientras se montan las mochilas empiezan a caer gotas. De fondo una incesante música de un bar cercano acompaña la operación. Las gotas se convierten en aguaceros cuando todavía estamos llegado al Palacio Municipal de Calamar, en el que nos alojamos hoy por cortesía de la alcaldía.
Poco espacio en el palacio. En los pasillos esterillas impiden el paso por los tres pisos del edificio, en las escaleras mosquiteras que entorpecen la vista, y, en una esquina, la radio, a la que vienen Coco y Chani, recién incorporados a la expedición, además del grupo 8 de expedicionarias.
Escuchando la lluvia y la música de enfrente me lanzo como un trapo en la hamaca. Los expedicionarios hacen lo correspondiente, la expedición duerme, sueña.


