Crónica 27 julio. Calamar-Río Magdalena-Bocachica

27/07/2025

A las puertas del palacio municipal de Calamar no se oye ruido. Las fiestas del pueblo propician mañanas tranquilas. A las seis sólo puede verse al equipo de cocina haciendo el desayuno. El sol sale y se empiezan a escuchar los pasos y las voces de los monitores despertando a los expedicionarios. En ese momento aparecen Alvar y Mar, del equipo audiovisual. Vienen de la lonja, que se estaba haciendo a orillas del río en un viejo mercado.

Una vez se reúne la totalidad de la expedición subimos la calle principal de la ciudad, fundada en 1848 como un enclave destinado al comercio y al desarrollo de la orilla occidental del río Magdalena. El nombre de Calamar viene de antes, cuando Quesada estableció relaciones con los indígenas que poblaban esta zona, llamados «calamari». Y de «calamari» a calamar no fue un gran reto poner nombre al lugar. Sus casas son antiguas, bajas y de muchos colores, las calles anchas, de tierra y polvo.

Llegamos en unos minutos a una preciosa iglesia con un interior neogótico. Allí, tras una misa que más bien pareciera africana, con cantos, coros y palmas, tenemos la oportunidad de hablar con el padre Willrid Ramos, párroco local, mientras a orillas del río nos habla una representación de la alcaldía de Calamar y nos da la bienvenida a la ciudad.

Antes de llegar a los autobuses, después de haber recogido y limpiado el campamento, en la calle suenan canciones que recuerdan a las peñas en San Fermín. Es el último día de las fiestas de la ciudad, tras un mes de celebraciones, y tambores y trompetas invaden la calle.
La banda sube en un momento dado a uno d los autobuses a tocar, todos bailan y cantan. Partimos finalmente de esta preciosa ciudad acercándonos más al mar.

En Gambote embarcamos y bajamos el río Magdalena hasta la localidad de Pasacaballos. Aquí de nuevo al bus, más al norte, Vemos a lo lejos los grandes edificios de la playa de Cartagena de Indias, que más bien parece Miami. Al atardecer vemos las casas y las murallas de esta ciudad, tan llena de historias, de gestas y de personajes que influyeron en su tiempo y en el nuestro. Cuando cogemos unas lanchas para cruzar la bahía empieza a anochecer.

Llegamos a Bocachica, a las puertas del fuerte de San Fernando, que resistió durante 16 días el asedio de los 190 navíos de guerra ingleses que atacaron la ciudad de Cartagena de Indias en el año de 1741. El almirante Vernon se vio humillado por la férrea defensa de los soldados españoles, comandados por Blas de Lezo.

Bajo sus murallas, sobre sus fosos, pueden verse nuestras tiendas, nuestros propios fuertes, que ya han resistido a viento y marea, aunque tal vez cedan ante 190 navíos de guerra.

Tras unos breves talleres de Mica, Tuti, Nico y Chema, tras la radio, caemos rendidos en las tiendas. A orillas de este mar, a las puertas de una historia compartida durante siglos, con los ojos del que no ve porque es de noche y está oscuro, con las piernas cansadas y el estómago lleno, nos rendimos, a dormir.

 

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