Crónica 27 julio. Chiriaco

Pintando paredes y moviendo troncos se pasan las mañanas más divertidas de la vida de las personas. El río suena sin cesar mientras los expedicionarios cortan bambú y llenan los almacenes de leña de la misión. Suena música y mata el calor. Ríen los niños y charlan los ancianos bajo el sol. Se regalan cañas de azúcar que refrescan un poco a los que durante la mañana trabajan sin descanso bajo el sol.

Las lentejas de la comida, cocinadas a fuego lento, con todo el cuidado de Pablo Tabar, nos devuelven momentáneamente a España. El buen recuerdo no ahoga sin embargo la ilusión con la que afrontan cada día los expedicionarios.

Un pequeño paseo nos lleva a una parte accesible del río en la que podemos bañarnos. Algunos pescan con aparejos en la parte con menos corriente, y también lanzan redes o atarrayas que capturan pequeñas truchas.

Este es, en realidad, el primer baño que nos damos en esta expedición. No vayan a asustarse los lectores, nos hemos duchado como dos veces hasta hoy, pero siempre hace ilusión nadar un poco en la selva.

Unos tocan la guitarra. La niebla se ha disipado y el sol cae tras el río. Desde mi hamaca me despido.

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