Los Rodríguez son siempre una buena opción para acompañar las crónicas que diariamente hago para la expedición. Una fuente más fidedigna de inspiración pudiera ser tal vez escuchar cantos tradicionales de los indígenas que nos rodean. Pero temo que la mediocridad en este sentido ha podido conmigo. Las canciones de la infancia me acompañan mientras ando entre la capilla y el polideportivo de la misión. También los expedicionarios mantienen en el recuerdo las canciones de su niñez, que salen entre silbidos y tarareos mientras hacen las tareas que las misioneras nos piden.
Los expedicionarios han podido también surcar el río, bajándolo y remontándolo, con la ayuda de las barcas que la comunidad Wachapea ha puesto a nuestra disposición. Se ha barnizado la capilla y se han acumulado ingentes cantidades de madera en los almacenes, en los que no cabe ya ni un alfiler.
Un chaparrón que oscurece el cielo a media tarde da lugar a un atardecer claro que pudiera servir de estampa para cerrar esta maravillosa etapa de tres días en la misión. Coincide además con la misa en la capilla al estilo misionero, de gran austeridad, con ventanas que dejan pasar toda la luz al interior.
El ruido estalla en la cena. El futuro es incierto, qué mejor día que mañana para descifrarlo. Con los Rodríguez me quedo.


