Un nuevo día en el Perú. Un frenético ritmo al que ya estamos acostumbrados nos vuelve a envolver en una incesante consecución de acontecimientos: el deporte por la mañana, corriendo entre caminos de tierra y mototaxis y el desayuno son las únicas seguridades que los expedicionarios tienen sobre el día.
La niebla que nos protegía del sol se disipa y nos devuelve al desierto. El desierto entrecierra los ojos, su viento revive y su calma abrasa. Un grupo sube a los autobuses en dirección al museo de Sipán, una antigua ciudad de la civilización Mochica. Walter Alba descubrió el yacimiento, cuyas partes más antiguas datan del siglo cuarto. Es Walter Alba, junto con la profesora Paloma Carcedo, el que nos recibe en la fachada del museo.
Otro se queda en el campamento a visitar las ruinas de las pirámides de Túcume, que por desgracia el cronista no ha podido ver. En cualquier caso, debían estar enterradas, por lo que la imaginación era el mejor arma de los visitantes.
Una pasta hecha con todo el cariño del equipo de cocina nos da la energía necesaria para la tarde. Y qué tarde para el recuerdo. Piscina y duchas, ceviches, risas y envidiable limpieza. La noche coincide con el viaje hacia Chiclayo, donde el papa León pasó 30 años de su vida en calidad de misionero agustino y más tarde de obispo.
De Chiclayo, según parece, iremos a la playa, y allí dormiremos para dar lugar al nuevo día.


