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Crónica 9. 29 de julio

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Jarabacoa. 29 de julio de 2021

Neno no es negro, ni taíno, ni blanco. Es las tres cosas. Es Dominicano. Enjuto, de piel oscura, bajo de estatura, zambo de piernas. Neno es el guía del parque nacional Armando Bermúdez que acompaña al grupo de cabeza en la ascensión al pico Duarte. Sube ligero, a saltitos, bailoteando, mascullando frases ininteligibles entre risas. Cuando la pendiente se pone imposible, pega una carrerita para mostrarnos de lo que es capaz. Neno alterna su trabajo de albañil en Santiago de los Caballeros con el de guía en el parque y nos cuenta orgulloso que siempre va en cabeza por él, Neno, nunca se pierde. 

El dia empezaba con el toque de diana a las cuatro. Noche cerrada, fresca, quieta. Solo se oye el canto lejano de un gallo despistado. Una luna ya menguante pero todavía valiente vigila en lo alto, centinela, el amanecer de la expedición. El campamento se mueve rápido pero con una calma de esas que preceden a la tempestad.

En la base de la ascensión, en el municipio de La Ciénaga, nos esperan ciento veinticinco mulas amarradas dispersas por el bosque. Fijas al frente, resignadas, no nos miran. No les hace falta. Saben lo que les espera, nosotros aún no. La ascensión al pico Duarte es una prueba de esfuerzo descomunal. No para expedicionarios de dieciséis años, ni para monitores de treinta. Lo es para montañeros, para bomberos y para marines americanos. Dos mil metros de diferencia de cota, dos mil trescientos metros de desnivel acumulado, rampas interminables del veinticinco por ciento… en apenas unas horas. Estaba todo preparado para que muchos no pudieran subir: setenta mulas de silla, cincuenta de carga, campamentos intermedios… pero ha ocurrido lo que nadie esperaba: todos han llegado por su pié a la base de “Compartición”, a solo quinientos metros de la cumbre. La ascensión final se plantea voluntaria esperando una docena de valientes. Han subido cien.

El camino ha arrancado como arrancan las cosas en esta edición de España Rumbo al Sur. Entre bromas, carcajadas, conversaciones animadas, algunas más íntimas. A los cinco kilómetros empiezan las rampas imposibles. Las bromas no cesan, ahora entrecortadas por la respiración, las mulas siguen esperando su oportunidad para rescatar a los rezagados. El espectáculo es imponente. Un bosque húmedo tropical atravesado por un arroyo de aguas cristalinas. Palmeras, helechos, nogales. La densidad del sotobosque es tal que es difícil imaginar cómo se abrirían paso los primeros exploradores cuando no había senderos. Según sube la altitud va cambiando el paisaje. El bosque húmedo da paso a un bosque de coníferas hasta un momento en el que no sabríamos si estamos en Santo Domingo o en el valle del Baztán.

Más de mil metros de desnivel más tarde, y después de más de ochos horas llegamos al campamento de “Compartición”. La lluvia nos ha respetado la mayoría del camino, pero ha querido poner un punto de dureza adicional con un chaparrón de última hora que ha dejado gran parte del material empapado. Unas barracas de madera nos dan la bienvenida. Felicitaciones, abrazos, risas… y nos preparamos para pasar la noche. No hay lugar para mucha fiesta. A las cuatro de la mañana estaremos ya iniciando la acometida a la cumbre del pico Duarte.

Noche fría, de alta montaña. Viento. Muchos escuchamos desvelados los ruidos de la noche. Fuera, el aullar del viento sobre las copas de los árboles se mezcla con el ruido de la lluvia. Dentro, una gotera marca el ritmo y se mezcla con el crepitar del fuego y un coro de suaves ronquidos. No hay fuerzas ni para roncar como Dios manda. Todo junto forma una extraña orquesta que tiene algo de armónico. El sueño se va colando despacito.

La subida al pico Duarte de madrugada no es bonita ni fea. Es invisible. Sólo vemos el corto espacio que separa nuestras botas de las de enfrente y algún arbusto que se cuela en el haz de luz. Nuestros pasos suenan ahogados en el suelo húmedo del bosque. Sólo nos delatan las diminutas luces de los frontales en una extraña columna de luciérnagas. A sólo cincuenta metros de la cumbre la niebla y la lluvia no dan tregua. Todo augura una llegada descafeinada, fría, opaca, eclipsada por la niebla. Seguimos inasequibles acometiendo las últimas rampas casi a cuatro patas. Cuando llegamos a la cumbre el frío, la niebla y la humedad no invitan a quedarse… A punto estamos de dar la vuelta cuando ocurre el milagro. Un fuerte viento arrastra las nubes. De repente todo se vuelve naranja a nuestro alrededor. El sol aún no se ve pero la luz lo envuelve todo. De repente, la nube se disuelve en jirones y aparece el astro rey asomando por la cordillera, naranja, imponente. Explosión de gritos, carcajadas, abrazos, algunas lágrimas. En pocos minutos empieza a aparecer una cordillera majestuosa a nuestro alrededor, el macizo central de Santo Domingo a los pies de la más alta de las cumbres de las Antillas: El pico Duarte.

La atracción del descenso son, ahora sí, las mulas. Todos los expedicionarios tienen la oportunidad de recorrer largos recorridos a lomos de las bestias. Andando, trotando, algún galope. La columna de mulas andando por los desfiladeros dibuja una bella escena que parece de otro tiempo. Cuando llegamos al colegio de los Salesianos son ya más de diez las horas que hemos pasado andando o cabalgando. El cansancio no puede eclipsar la sensación de logro, de desafío, de orgullo por lo conseguido. Ahora toca descansar y saborear la experiencia.

Mañana viajaremos a Santiago de los Caballeros. Quizá encontremos a Neno, sin botas ni mochila, colocando ladrillos o enfoscando una pared. Pero para nosotros ya siempre será el héroe que logró conducirnos hasta el pico Duarte con sus andares, sus bailoteos y sus risas. Siempre al frente porque él, Neno, nunca se pierde. 

Eduardo Martínez de Ubago
Cronista Oficial ERS 2021

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