Hoy el día catorce de la expedición (o quince para algunos), comienza con el habitual brío. Al minuto uno estamos escuchando esas familiares primeras notas de La Cabalgata de las Valkirias y al siguiente, tenemos el macuto hecho y la tienda de campaña desmontada. Así empieza el día de hoy, el día en que dejamos atrás la selva y con ella, ese pequeño trocito de paraíso frondoso con el que nos habíamos topado entre las aguas del río Marañón.
Subiéndonos en esa barquita, que nos llevaría a nosotros y a todo nuestro equipaje sobre sus hombros, dejándonos cruzar el río por última vez, miré hacia atrás. No sólo contemplé esa sociedad y cultura perteneciente a la tribu que nos había acogido, tan distinta a la nuestra, sino que también observé los últimos días y todo lo que habíamos conseguido completar. Pintamos edificios, ladrillo a ladrillo; cargamos leña, tronco a tronco y pelamos ajo diente a diente, aportando así a la comunidad indígena.
Habiendo cruzado ya el ecuador de ésta expedición y desatando, de esta manera, la cuenta atrás a nuestro regreso, predominan conversaciones que giran en torno a lo que haremos al llegar. ¿Qué comeremos? ¿A quién veremos? ¿Cuántas veces nos ducharemos? Pero es ahora cuando más importante me parece que nos centremos en lo que todavía queda por delante. Ocho días en los cuales todavía seguiremos en Perú, al otro lado del Atlántico al que llamamos «el charco», lejos de todo lo que conocemos.
Está expedición es una oportunidad irrepetible, por eso pido desde el asiento de un autobús cuyo destino y horarios desconozco, que se viva en el ahora, en el presente. Recordad que los «momentazos» que transcurrirán en la próxima semana nos van a definir de por vida.


