Crónica Diego Muñoz. Equipo

Crónica 1. Del ruido de Lima al silencio andino

13 kilómetros en tres horas.

Así nos recibió Lima: una ciudad inmensa, vibrante, donde el tráfico parece haber sustituido al paso del tiempo. Llegamos en el segundo vuelo y, mientras el convoy apenas avanzaba unos metros entre bocinas y avenidas interminables, la emoción de volver a vivir una expedición Rumbo al Sur hacía llevadera la espera. Después de una hora solo habíamos recorrido tres kilómetros. Poco a poco, el cansancio del viaje terminó imponiéndose y el sueño nos fue venciendo dentro del camión, arrullados por el inconfundible ruido de la capital peruana.

Al llegar al campamento nos esperaba la cena servida… y un espectáculo inesperado. Una auténtica lluvia de fuegos artificiales y petardos iluminaba el cielo e intensificaba el ruido. Era la festividad de la Virgen del Carmen, patrona de marineros y conductores. Casualidad? No lo creo.

El segundo día concedió una tregua al equipo de Material y Cocina. Mientras los expedicionarios descubrían Lima y colaboraban en distintos proyectos sociales, nosotros transformábamos un caos de cajas en un sistema capaz de sostener la expedición durante las próximas semanas. Cada jornada supone descargar, montar, desmontar y volver a cargar cientos de kilos de material. El orden deja de ser una virtud para convertirse en una necesidad.

Entonces llegó el momento de despedirse de Lima. Del bullicio, de los atascos y del océano de edificios. Nuestro rumbo apuntaba al norte, siguiendo la costa del Pacífico.

Mucho antes del amanecer pusimos los motores en marcha. La única forma de vencer al tráfico limeño era madrugar más que él.

Nuestra primera parada fue Santa Rosa, un paisaje desértico donde el océano parece desafiar a la arena. Allí, la escuela de Santo Tomás de Valencia abrió sus puertas para recibirnos. Los expedicionarios compartieron juegos, conversaciones y sonrisas con la comunidad local, hasta que el inevitable partido de fútbol entre Perú y España terminó inclinándose, esta vez, del lado español.

Pero si hay una fecha que quedará grabada para siempre en la memoria de esta expedición será el 19 de julio.

Huacho fue el escenario donde vivimos la final del Mundial frente a Argentina. A miles de kilómetros de casa, rodeados de peruanos que hicieron suya nuestra alegría, asistimos a uno de esos momentos que solo el deporte es capaz de regalar. Cuando sonó el pitido final, las calles se llenaron de abrazos, banderas y celebraciones. Los vecinos querían una fotografía con los españoles; nosotros sabíamos que ninguna fotografía sería capaz de capturar lo que estábamos viviendo.

Muchos de los expedicionarios apenas tenían recuerdos del Mundial de 2010. Esta vez sí. Esta vez estaban allí. En Perú. Viviendo, quizá, uno de esos recuerdos que permanecerán intactos toda la vida.

Con la euforia todavía presente llegamos a la Ciudad Sagrada de Caral, la civilización más antigua de América, con cerca de cinco mil años de historia. Levantamos el campamento sin saber que estábamos entre pirámides milenarias, preparamos unas sopas de ajo para cenar y nos fuimos a dormir con una sensación difícil de explicar: campeones del mundo, acampando junto a una ciudad que ya existía cuando buena parte del planeta aún estaba por escribir su historia.

A la mañana siguiente los expedicionarios recorrieron Caral mientras el convoy de Cocina ponía rumbo a Barranca para abastecerse.

Hay una expedición que todos ven y otra que solo conoce el equipo logístico.

Mientras unos visitan yacimientos arqueológicos, otros recorremos mercados (aquí llamados paradas) negociando el precio de los tomates, buscando bombonas de gas, localizando bidones de agua o resolviendo pequeños problemas que, si no se solucionan, terminan afectando a toda la expedición. Puede parecer que nos perdemos parte del viaje. En realidad vivimos otro distinto. Uno que permite conocer el Perú desde dentro, a través de sus mercados, sus comerciantes y su vida cotidiana.

Desde Caral retomamos la carretera Panamericana rumbo norte hasta Guadalupe. Llegamos ya de noche, cansados, con el tiempo justo para reorganizar el material y descansar. A la noche siguiente volveríamos a salir antes del alba para esquivar el tráfico de Chiclayo y emprender uno de los trayectos más largos de la expedición: el ascenso hacia Chachapoyas.

Fue entonces cuando Perú empezó a mostrar toda su diversidad.

En apenas unas horas dejamos atrás la costa desértica para atravesar nieblas, valles, montañas, calor, frío y, finalmente, la exuberancia verde de la Amazonía andina. Cerca de veinte horas de carretera que parecían resumir la extraordinaria variedad de un país capaz de cambiar de paisaje una y otra vez sin perder nunca su identidad.

Tras seis días de expedición, Chachapoyas marca el comienzo de una nueva etapa.

Atrás queda el ruido de Lima.

Delante nos espera el silencio de los Andes y una aventura que no ha hecho más que empezar.

comparte

Facebook
Twitter
LinkedIn

patrocinador principal

patrocinadores

colaboradores

NOTICIAS RELACIONADAS