Amanecer hoy en una tienda de campaña en la Ciudad Sagrada de Kuelap ha sido todo un privilegio. La noche anterior subimos andando aquí, lo cual fueron algo más de treinta kilómetros en ocho largas horas, pero durante esta marcha hubo innumerables risas, charlas conociendo a gente nueva y reforzando lazos con los ya conocidos.
Una vez arriba, disfrutamos de una caliente cena junto a una hoguera. Estábamos todos destrozados pero las ganas de compartir momentos con los otros expedicionarios, hacía que quisiéramos quedarnos a cantar junto a esa hoguera con los guitarristas.
Ésta mañana hicimos una visita muy interesante a las ruinas de Kuelap, las cuales se encuentran a algo más de 3000 metros sobre el nivel del mar. Tras ello, nos dispusimos a bajar la montaña, ésta vez por otro camino. Fueron doce kilómetros que en absoluto se hicieron pesados, porque sabíamos que por fin íbamos a uno de los destinos más deseados: la selva.
Ésta noche solo queda descansar, porque aunque ya a mitad de la expedición el cansancio aumenta, es mayor el impacto positivo que está dejando sobre nosotros.


