En busca de hipopótamos

El lago Zway es el quinto más grande de Etiopía, con cinco islas y 31 kilómetros de ancho de los extremos más alejados y rodeados  de colinas volcánicas. Tiene una media de cuatro metros de profundidad, pero en algunos puntos llega a tener hasta nueve. Rodeado de juncos en la orilla, es el lugar ideal para que habiten allí los hipopótamos, por eso, embarcados en lanchas, la expedición marcha en su búsqueda.

“¡Mira allí, allí!” se convirtió en el grito más proferido por los expedicionarios señalando el momento en que el enorme mamífero asomaba su cabeza. Hasta siete o ocho llegó a ver la expedición, en unas aguas muy poco profundas. De hecho, a uno de los hipopótamos le llegamos a ver hasta medio cuerpo. Una pena que hiciera un día tan soleado, ya que este animal tiene la piel muy sensible y suele evitar salir al sol.

Cormoranes, águilas pescadoras, pelícanos, ibis…son numerosas las aves que habitan precisamente en la conocida como isla de las aves, que decenas, cientos de ellas, la sobrevuelan,  y suelen anidar allí, convirtiéndose en lugar de peregrinación para los ornitólogos. Dentro del recorrido, paramos en otra isla donde sólo habitan los diáconos de una pequeña iglesia.

El recinto, en un altozano, no es particularmente bonito, pero sí el camino hacia allí, con especies arbóreas autóctonas, alejadas de otras zonas donde el eucalipto ha causado estragos. Particularmente sorprendente resultan los ficus y los cactus de enormes dimensiones.

Tras desembarcar alrededor de nueve kilómetros del punto de salida, en un alcor donde se divisaba el valle de acacias, inundado a los lados por lagunas con todo tipo de aves, los expedicionarios emprenden la marcha, bajo un sol abrasador. Una ruta con final feliz, una ducha en la piscina del Hotel Haise.

Después de la comida, el convoy se dirige ya hacia Addis Abeba. Desde las colinas se ve una impresionante vista del Valle del rift, con acacias desperdigadas, ganado pastando y las montañas volcánicas a lo lejos. Una de las fotografías más bellas del viaje. Llegamos sobre las 22.00 horas a la capital, vacía ya del habitual tráfico. Desafortundamente, la lluvia y el frío reaparecen, pero a los expedicionarios, ahora que están ya muy metidos en la mecánica, como quien oye llover.

SERAFÍN DE PIGAFETTA

Cronista de España Rumbo al Sur