Una vida de entrega

 

La mañana amanece muy temprano el primer día en Addis Abeba, esta ciudad de tráfico loco imbricada en las laderas de la cordillera Entoto (2.200 metros de altura) desde que fuera fundada en 1887 por el emperador Melenik II y que ahora, además de ser el epicentro administrativo y financiero, acoge al 10% de la población del país, alrededor de 11 millones de habitantes. Son las seis de la mañana y los expedicionarios afrontan el día con ejercicio físico, una buena manera de desperezar los músculos después del eterno viaje de ayer hacia aquí.

Las oraciones del pastor de la Iglesia Ortodoxa de San Gabriel, situada a apenas 200 metros del colegio Comboniano, se extienden por el aire a través de potentes altavoces y sirven de banda sonora para el ejercicio y el desayuno. La expedición tiene el privilegio de poder asistir a una ceremonia en esta iglesia adornada de banderines de colores y que estos días está de celebración especial, mañana se celebra precisamente el santo y se esperan miles de personas en peregrinación hasta aquí desde todos los puntos de la capital.

“Mañana aquí no cabrá nadie”, dice Abel, un joven veinteañero que aspira a ser diácono, mientras decenas de ellos cantan salmos religiosos de una cadencia que adormece y que recuerda a los rezos hindús, entras en trance. Todos ellos visten túnica blanca y portan un instrumento religioso, tsenatsel, que, al cimbrearse, emite un sonido metálico, y algunos de ellos golpean al suelo con la mequamia, una suerte de bastón. El golpeo incesante de un joven a un enorme tambor marca el ritmo de un salmo con visos de trance.

La Iglesia, espaciosa, está repleta de frescos que mezclan las sagradas escrituras del antiguo testamento y el evangelio. Una enorme lámpara dorada preside el techo de la estancia, cuya tranquilidad se ve levemente rota por la presencia de los expedicionarios, a los que se ha advertido previamente que no vistan pantalón corto y, en el caso de ellas, que no dejen a la vista su pelo. Escuchan con atención y silencio en esta su primera inmersión a la cultura del país.

Por la mañana, dentro del programa académico, han recibido talleres de cuaderno de viaje por parte de Ana Irigoyen, licenciada en Bellas Artes, imprescindibles para sentirse cronistas antiguos, y formación sobre supervivencia, impartida por Víctor Cabrera, ex legionario -aunque él dice que ser de la Legión es para toda la vida- y en la actualidad bombero. El padre Comboniano, Desu explica el trabajo que realizan desde hace más de 50 años en el país en nueve comunidades repartidas por toda la orografía. Trabajan en tres áreas, educación, salud y trabajo y, en concreto en este colegio de la capital, hay jóvenes que estudian filosofía y administración.

Por la tarde, la expedición se dirige a la Misión de la Caridad de la Madre Teresa, donde desde hace 45 años trabajan con enfermos en cuidados paliativos, madres solteras adolescentes, a las que dan formación para que encuentren trabajo, y cuidan y educan a sus niños y bebés, y a personas sin recursos.

Son en su mayoría personas que vienen de zonas rurales a la capital. Los expedicionarios escuchan con una atención inusitada las explicaciones de la madre Francilia y las preguntas demuestran verdadero interés, como cuando le cuestionan si, como católicos, siendo aquí una religión minoritaria, mantienen buena relación con los ortodoxos, la religión mayoritaria. “No estamos en contra los unos de los otros, nos ayudamos”, responde la madre.

Por azar del destino, cuatro jóvenes españoles son voluntarios en la misión. Son Miriam, Blanca, Pablo y María y su relato desde los abismos del alma sorprende a los aventureros. Explican que desde el primer momento sintieron como propio el proyecto, que se les congeló el alma con las situaciones que se encuentran entre las personas a las que ayudan, que les ha sacado lo mejor de ellos. “Como decía la madre Teresa, ama lo que puedas y cuando ya no puedas, ama más”, comparte una de ellas.

La intensa jornada todavía guarda quizá el momento aún más enriquecedor para la expedición, la visita al Centro de Refugiados de los Jesuitas, fundado en 1980 por el padre español Pedro Arrupe, y que ha atendido a miles de jóvenes y adultos provenientes de países limítrofes en conflicto, Eritrea, Yemen, Congo o Sudán del Sur, lo que es fácilmente visible en la figura longilínea de varios de los adolescentes que juegan al voleibol.

Aquí además de ofrecerles un hogar cuando más lo necesitan les enseñan amárico, inglés, entre otras materias, lo que facilitará su inserción laboral. Los expedicionarios juegan al voleibol con ellos y se divierten con los más pequeños. La noche casi se cierne ya sobre las calles curvas de Addis cuando llegamos al colegio Comboniano, donde los expedicionarios protagonizan un intenso debate sobre inmigración tras el taller de Alfredo Liñán, profesor universitario de Derecho Penal, un erudito en conflictos africanos. La jornada acaba con la proyección de La buena Mentira, una película que les situará en contexto con lo intensamente vivido hoy.

 Cronista oficial de ERS

Serafín de Pigafetta