Siguiendo los pasos de Pedro Páez

Camino de las cataratas del Nilo azul, donde se desploma el lago Tana en un estruendo infinito de agua, hay niños que saludan con sonrisas desde la carretera, que salen al paso de los buses en cuanto ven farenyi (blancos) y alzan la mano para que se la choques. Por mucho que uno viaje a África se sigue estremeciendo cuando los más pequeños, de apenas tres años, algunos con ropas raídas y descalzos, te saludan desde las cunetas de las carreteras con una sonrisa que ocupa toda la cara, como si acaso fuéramos sus Reyes magos, buscando simplemente que les devuelvas el saludo.

Camino de las cataratas del Nilo Azul, a ambos lados de la pista de tierra, hay pequeños, minúsculos más bien, colmados que venden refrescos, vecinos que terminan sus casas con adobe, que tienen que rehacer cada año debido a las lluvias torrenciales que desploman los esfuerzos, agricultores que aran las tierras casi negras con el aparato romano inventado  hace casi 20 siglos, espoleando a los bueyes con un látigo, hay garzas imperiales posadas en los campos, hay eucaliptos  y gallinas picoteando lo que pillan, que en un momento dado te hacen un requiebro a lo Diego Costa y se te meten en las ruedas, hay burros pastando las hierbas y puestos donde venden mantas, chanclas o ropa, hay locales que te abordan para venderte gorras y pulseras, y sobre todo, ante todo, vuelve a haber niños correteando en tu búsqueda, los menores de siete años -a los que no se le ponen nombre- con el pelo rapado y sólo un mechón, porque la cultura de determinadas tribus ortodoxas enseña que se les debe mantener para que Dios no se olvide de ellos para ir al cielo por el hecho de no tener nombre y les agarre de esa pequeña mata de cabello para llevarles al otro mundo.

Camino de las cataratas del Nilo azul, uno de los dos nacimientos de uno de los ríos más famosos del mundo, ya dentro del parque natural, hay pequeños monos apostados en los árboles, hay pedregales de barro por los que no es difícil resbalar, un puente hispanoportugués de piedra del siglo XVII, construido después de que el hermano jesuita Pedro Páez, procedente de un pequeño pueblo de Madrid, allá por 1623, fuera el primer occidental en descubrir el inicio del Nilo azul, tras un azaroso periplo que le llevo a estar siete años preso en una galera turca, hay cuestas empinadas que con la lluvia torrencial que nos cae se convierten en peligrosas rampas, hay caminos que se abren aquí y allá, y hay, tras 25 minutos de caminata, una vista increíble a lo lejos, que estremece el alma, que sobrecoge, con un torrente inmenso de agua que se precipita con una fuerza indómita decenas de metros más abajo, hay una pasarela metálica que se balancea a nuestro paso, comunicando dos riscos, y donde, si miras abajo, y ves el Nilo, te planteas si no estarías mejor al otro lado cuanto antes.

En las cataratas hace frío y pequeñas partículas de agua se van apoderando de tu piel, hay expedicionarios que te dicen que es lo más increíble que han visto nunca, otros que comentan que cuando se quiten las botas va a salir tanta agua como la de las cataratas, hay expedicionarios que cogen de la mano a los niños que les acompañan y que incluso les tapan con sus capas “porque tienen frío, están tiritando” y hay otros que se quedan quietos, paralizados y observan y escuchan y no se sabe en qué piensan, en quiénes piensan, y que cuando salen de su absorto, te miran a los ojos y sonríen, y entonces entiendes que ya sólo por ese segundo, ese instante, les ha valido la pena pasar por las penurias que pasan, de madrugones, de días eternos sin comer hasta tarde, de la dureza del suelo para dormir, de dónde he dejado mi frontal y que desaparezca unas horas, unos días, y vuelva a aparecer.

De vuelta de las cataratas vuelven a estar los burros, los puestos y los niños y este cronista se acuerda de la fe del general jesuita Odomaro en Addis Abeba cuando nos dijo que Etiopía y toda África seguirá su desarrollo y más rápido incluso que ahora porque la juventud africana es el 60% de la población y “juntos seremos más fuertes”.

Serafín de Pigafetta
Cronista oficial de España Rumbo al Sur