Sintiéndonos el Padre Pedro Páez

Desde que llegamos a Etiopía nos persigue el ‘yemeskel wof’, un bello pájaro de color negro y amarillo que en época de lluvias puebla todo el país, con su volar torpe y sus llamativos colores, pero que, cuando empieza el periodo seco, allá por finales de septiembre, desaparece para buscar zonas húmedas, principalmente los bosques. “Es como si se desvaneciera”, cuenta Samson, nuestro traductorde amarico al español, sobre un ave que se asemeja en gran medida a una flor que también puebla el país y que hoy encontramos en nuestro ascenso a Górgora antigua, donde el jesuita Pedro Páez diseñó un palacio y una catedral por orden del emperador Susenyos, que, gracias al misionero español, convirtió el catolicismo en la religión oficial del país a principios del siglo XVII.

Partimos de Górgora nueva en lanchas, recorriendo las bellas costas acariciadas por pequeños islotes donde todavía se mantienen fortificaciones pretéritas. En una península dentro de una península, rodeada por agua en tres de sus partes y sólo comunicada con el resto por una lengua de tierra, en un lugar estratégico para su defensa, desde el que se divisa cualquier punto alrededor, Páez levantó la construcción.

El palacio tenía dos pisos y estaba construido con piedras y barro, sin cal. Llegando con las lanchas, a dos millas de distancia, ya se van pespuntando las ruinas, no concretamente del palacio, sino del monasterio que se construyó allí después de que fuera derruido por los ortodoxos después de la muerte de Páez en 1623.

Antes de atracar, se divisan varias ‘takwas’, canoas hechas con juncos, usadas en la época del misionero y que siguen siendo las que usan los locales para navegar. Este hecho y el encontrarnos esa misma flor de colores llamativos, que seguramente era tan común para el propio Páez, convierten el ascenso por la jungla en una aventura emocionante, única, no exenta de sobresaltos, ya que un buey negro se empeñó en hacer el trayecto con nosotros, cruzándose por nuestro camino entre la maleza y dando más de un susto.

Ya en lo alto del promontorio, rodeado de campos donde agricultores cultivan maíz, se divisan las ruinas arrumbadas del monasterio jesuita, donde todavía permanece en pie un  parte de la cúpula, con bellos priedras esculpidas, y varios muros, entre ellos los de las entradas de las celdas de los monjes que vivieron allí. “Es un monasterio único en toda África”, explica Andreu ante los expedicionarios en una conferencia que despertó un gran interés de los expedicionarios, como muchos recogían en sus crónicas del día.

Desde hace varios años, se están realizando excavaciones por parte de un equipo de arqueólogos de la Universidad Complutense y locales para tratar de conocer más detalles de esta construcción histórica, donde además, se encontraría enterrado el propio misionero español tras su muerte debido a la malaria, endémica de esta zona. Tras hacer la foto oficial del grupo y entregar una placa conmemorativa de España Rumbo al sur, emprendemos la vuelta, que se hace fatigosa y con amenaza de lluvia que nos hubiera obligado a buscar un puerto inmediato por riesgo a que las lanchas de inundaran.

Tras comer en Górgora nueva, nos dirigimos a Gondar, a 2.800 metros de altura. Una parada a mitad de camino nos permite conocer con los agricultores locales cómo funciona el arado de madera romano que se utiliza aquí y que se remonta a los sumerios, con una reja de metal que perfora la tierra tirado por bueyes a los que el agricultor da latigazos para avanzar. El método sorprende a los aventureros. Eduardo Martínez de Ubago, ingeniero agrónomo referente en el sector en España y alto directivo de John Deere, explica las particularidades del método, e incluso varios expedicionarios prueban a arar, con mejor maña de las chicas que de los chicos, por cierto. Proseguimos el trayecto. En el horizonte, nubes negras de nuevo y truenos a lo lejos. ¿Nos volverá a llover? Apostaría a que sí.    

SERAFÍN DE PIGAFETTA

Cronista oficial de España Rumbo al Sur