DIA UNO
Hoy me desperté en Madrid y mi primer pensamiento fue que más tarde dormiría en Perú. A lo largo del día no le di demasiadas vueltas a lo que estaba a punto de presenciar. Al llegar al aeropuerto me reencontré con los amigos que hice en Toledo, y la despedida con mis padres fue emotiva, se quedaron lo máximo para decirme adiós.
El periodo previo al vuelo se hizo ameno. Entre la semifinal del mundial de fútbol y el tiempo con mis amigos, entramos en el avión bastante más rápido de lo que esperaba y una vez dentro alguna película y dormir de manera intermitente hicieron que las once horas de vuelo aparentemente tediosas se hicieran sencillas.
Al aterrizar en Lima estuvimos esperando a la llegada de los buses haciendo distintas actividades entre las que destaco el Rosario. Lo primero que vi en el autobús fueron múltiples casas que de primeras pensé que estaban en construcción. No dábamos crédito de una realidad completamente opuesta a la que estamos acostumbrados. Fue un trayecto largo en el que nos dio tiempo a ir empapándonos del país que nos acogería por tres semanas.
Nuestra primera parada, fue en una casa de acogida dirigida por una monja donde llegaban personas en riesgo de exclusión en busca de amparo. Era un grupo muy variado de distintas personas con diversas personalidades. Lo que más me sorprendió fue cómo nos miraban fascinados como si fuésemos seres de otra raza.
Al despedirnos de ellos, fuimos directos a coger unos coches que nos llevarían a nuestro siguiente destino.
En la furgoneta que nos condujo al lugar, tuve la suerte de de que me acompañasen mis amigos y compañeros de los grupos uno y dos, junto a un chaval de 10 años llamado Owen al que no pudimos evitar cogerle cariño. Durante el trayecto sonaba una canción titulada «Debí tirar más fotos» y me di cuenta mientras cantábamos todos juntos de que echaría de menos aquel momento que estaba viviendo.
El viaje concluyó en los barracones de la montaña donde vivían familias numerosas en casas minúsculas compartiendo baño con otras familias. Nuestra misión allí era llevar kilos y kilos de tierra a varios niveles abajo para favorecer la construcción de muros.
Trabajando bajo el sol todos juntos como un equipo, me di cuenta que el viaje se paga solo. Tuvimos que montar tubos para bajar la tierra y recogerla para llevarla a un destino concreto. Entre medias, las señoras a las que ayudábamos nos dieron agua fría e «Inca Kola» que todos agradecimos.
Para despedir el día, recibimos un par de charlas sobre Perú, tanto de su geografía como de su cultura.
Este día puede resumirse como un reencuentro con buenos amigos y un primer encuentro con lo que será mi casas durante veinte días.


