Fin de expedición

Profesor de Historia MRS 2012 – Crónica 22.07.2012

Todo se ha acabado otra vez. Y a la hora de redactar esta crónica del día después, se me antoja que cuando uno se dispone a hablar de Camerún, es preferible que discura con una cámara en la mano para poder recoger la estampa siempre renovada, el estallido de paisajes, gentes y colores, que ofrece este país que puede presentarse como una África en miniatura, un compendio de África.

Evoquemos, al azar de nuestros recuerdos:

  • Bamenda y su mercado exótico, con el ajetreo y la esencia vibratil de los mercaderes que van pregonando cada cual lo suyo, transformando el escenario en un ambiente surrealista.
  • Widicum, del que salimos muy de mañana, a por los bonitos puentes colgantes del río Loble. Fueron ocho horas de caminata; andando y andando, ofreciendo un alma cooperativa a cada grano de la tierra que íbamos pisando. Y, ¡vaya asombro! al volver, por arte de magia,o, lo cual es ya otra cosa, por la magia del arte que nada sabe de cansancios, tuvimos la fuerza de quedarnos bailando durante tres horas con los lugareños.
    Fueron gritos y tambores; palmadas y danzas endemoniadas, por haber sabido, los de Widicum, transmitir a los chavales la fiebre rítmica que nosotros los africanos llevamos en el alma y el cuerpo.
  • Foumban y los aposentos reales de los que parte, los viernes, rumbo a la mezquita, el sultán ante cuya figura impotente y solemne, envuelta por el cautivador sonido de los tambores y trompetas, se inclinan o arrodillan los hombres, tocando el suelo con la mano, en medio de los gritos estridentes de las mujeres  también sumisas igual que todo el pueblo bamoun.
    Muy rico en colores fue el ritual de la vuelta de la mezquita del sultán: abanicado por sus sirvientes con abánicos de plumas de pavo real, tocado con un turbán blanco y ocultando los ojos tras unas gafas de sol enormes, será éste objeto de todos los honores debidos a su rango. Honores que no suponen para las gentes del lugar más que el fluir rutinario de su compromiso tradicional y espiritual, prolongado, año tras año, por la sublime celebración del Nguo, después de las cosechas.
  • Bengbis, desde donde nos adentramos por la selva para ir al encuentro de los pigmeos Baka. La precariedad de sus moradas, su timidez, la docilidad con la que ellos aceptaron nuestra repentina presencia nutrida, y, sobre todo, su soledad sonora, rica de todos los gritos de la sagrada madre-naturaleza con la que se identifican completamente, fueron impactantes.
  • Limbe, con el aire marino y el olor a pescado asado; y la mucha oferta de arte y artesanía africana; y el regateo largo, entrañable, que acaba convenciéndole a uno de que por algo Limbe se llama “the town of friendship”, la ciudad de la amistad o, mejor, de la conviviabilidad, esta convivencia fraterna, tan cara a los expedicionarios y a sus acompañantes, que han venido a brindarnos, a miles y miles de kilómetros de aquella vieja ciudad del oso y el madroño, desde donde salieron, rumbo a África, nuestra áfrica, su África, y por ende la de todos, en un mundo que Madrid Rumbo al Sur se esfuerza por transformar en un inmenso pueblo planetario.

Malamine, el Príncipe.