La vida en un campamento de refugiados

Palabek, al noroeste de Uganda, a apenas 45 kilómetros de la frontera con Sudán del sur, no es un asentamiento de refugiados al uso. Todo parce ordenado, incluso simétrico. El campamento se extiende por una amplia llanura verde con colinas donde los campamentos se dividen por zonas y sectores, principalmente para evitar que se extiendan enfermedades y epidemias. A veces, sus habitantes son dirigidos sin ningún criterio establecido. Otras, evitando mezclar en la misma zona a los nuer y a los dingas, las dos etnias enfrentadas desde hace cinco años en un conflicto enquistado que se ha convertido en una de las guerras olvidadas por Occidente.

Más de 42.000 refugiados viven en el asentamiento, levantado hace apenas año y medio por Acnur, la agencia para el refugiado de la ONU y auspiciado por el Gobierno ugandés. Pese al reciente tratado de paz firmado en Sudán del Sur, los refugiados siguen llegando a un ritmo de 100 por semana, muy alejados de los 300 en un día que se registraban hace un año, pero que siguen haciendo evidente que el asentamiento se mantendrá ‘sine die’, al menos mientras el dinero de la ONU y las ONGs siga llegando.

Tocare vino desde el Sudán del Sur después de que mataran en las guerras tribales a sus padres y su hermano. Tiene 22 años y un niño de apenas tres meses. Dice que no sabe del padre del bebé desde hace mucho. “No hay comunicación entre nosotros”, asegura la joven, que dice que huyó del país porque era “muy peligroso”.

En Palenke a cada familia se le da al mes un kilo de aceite, dos kilos de alubias y 12 kilos de harina, pero Tocare afirma que es insuficiente, porque lo comparte con miembros de su tribu con los que vive. Cuando una familia llega aquí desde Sudán del Suer se le da un terreno de 30 por 30 metros, donde ellos mismos construyen cabañas de adobe y paja y su propia huerta que les sirve para alimentarse. Aun así, asegura Tocare, “el cuidado médico y la comida son insuficientes”.

“La mayoría de ellos quieren volver, pero algunos de vuelta en Sudán no tienen nada; yo creo que este asentamiento permanecerá al menos cinco años más”, afirma el padre estadounidense David, que dirige la misión Daniel Cambori, a cuya misa acuden parte de los expedicionarios de España rumbo al Sur en una experiencia que les marca a todos, ya que les sorprende lo tímidos y recelosos que son los más pequeños. La mayoría no se dejan ni coger en brazos, algo a lo que en este viaje no estaban acostumbrados. Los expedicionarios sí juegan con ellos al fútbol con un minibalón fabricado con plásticos, telas y cuerdas, y ayudan a sacar agua del pozo para las jóvenes que acuden con garrafas para llenar y llevar de vuelta a casa.

Tras volver a la Misión de los salesianos de Don bosco a comer, pasta o arroz, a elegir, los expedicionarios han ido a jugar al fútbol contra refugiados sudaneses en un partido que ha congregado a cientos de personas en el público en uno de los eventos más emocionantes del viaje. Mientras las chicas ganaron, los chicos perdieron a los penaltis, siguiendo con la maldición de Rusia.

Por la noche, tras una ceremonia festiva alrededor de un fuego amenizada por el hermano indio Lazar Arasu, se celebra la final del curso de emprendimiento, donde los expedicionarios deben presentar su proyecto ante un jurado del grupo de organización, y resulta ganador el grupo que diseña un proyecto para concienciar a la población local que la solución de sus vidas está en su propio país, en crecer aquí y no en jugarse la vida para llegar a España.

Serafín de Pigafetta.
Cronista oficial de España Rumbo la Sur.