Fondeados en la cara norte del silencio

El oleaje balancea los tensos cabos que sujetan la lancha semirígida y el chirriar a su paso por las poleas crea una cadencia suave y amable a modo de banda sonora que acompaña al momento del día, con el horizonte occidental incendiado en una puesta de sol única (si acaso todas los son aquí), que relega a la isla Margarita de Ibiza, allá a los lejos, a un perfil irregular y oscuro, como si estuviera pintada en negro.

Estamos fondeados en un acantilado de la vertiente norte de Ibiza, la menos visitada, la más abrupta, repleta de vegetación y unas rocas fileteadas en estratos sin orden, que alguien del equipo define con acierto asimilándolas a las siluetas de un cuadro de Munch. Bismarck, el profesor de náutica de la Universidad de Cádiz, enseña a un grupo desde proa a manejar el sextante, aquel que se usaba en la navegación antigua para orientarse en base a las estrellas, un artilugio casi mágico que en la época del GPS es una antigua reliquia.

Otro grupo apura en popa un café recién hecho, que ayuda a entrar en calor a los valientes que se han bañado, algunos con trajes de neopreno, otros no. Dice la capitán Norah que el agua no está tan fría, “cerca de 18 grados”, que en febrero es mucho peor, pero uno se adentra en la mar conteniendo el aliento y el choque  con el agua es brutal. Se asemeja a entrar en un congelador, desnudo, algo que te corta el aire.

Pero hay ganas de baño y no importa sufrir un poco. Varios se afanan con las tablas de paddle-surf. La actividad frenética demuestra que, la expedición de España Rumbo al Sur, esté en África, la Macaronesia, o en un barco, siempre se muestra como un circo multipista, donde la formación, el aprendizaje, el deporte, y a veces (pocas), el relax, conviven a la misma hora en el mismo punto, a pocos metros de distancia.

Tras un breve receso, arrancan los talleres de la tarde (la vuelta del turno de la mañana), el aprendizaje de la lectura de carta náutica, las maniobras de RCP (Recuperación cardiopulmonar), el seguimiento en proa y en popa de las maniobras, prácticas de cabullería (realización de nudos), una charla sobre defensa militar, y reservado para los más valientes la subida por los flechastes hacia las jarcias, ayudados por arneses y mosquetones que hay que colocar uno tras otro subiendo lentamente, concentrado.

Arrancó el día con ‘Las Walkirias’ sonando a todo trapo por la megafonía a las 7.30 horas, para luego estirar músculos en cubierta con clases de pilates y ejercicios. Hacerlo se antoja imprescindible para evitar agarrotamientos propios de las estrecheces de un barco. El izado de bandera, también a la mañana más temprana, nos entronca con nuestra tradición marinera, la que consiguió que en nuestro imperio nunca se pusiera el sol.

Viajamos a cinco nudos, un poco menos de nueve kilómetros por hora, y los ‘grumetes’ de ERS ayudan a izar las velas del trinquete, de mesana y de los foques, en el vauprés del barco, con una combinación que de primeras se antoja imposible de cabos y poleas. Hay un ligero viento, que ayuda a inflamar las velas de una goleta que vista desde la distancia, fondeada al lado de la costa, desprende una belleza clásica, ancestral.

Para darle mayor poesía al viaje a nuestro fondeo no le alcanza la cobertura del móvil, lo que sin duda ayuda a profundizar en cada instante, en cada conversación. La puesta de sol brinda un momento genuino. Dos alumnos se han traído sendos ukeleles y la cubierta se ve inundada de los acordes (y las letras) de Los Manolos, Los Beatles o Fito. Una charla del profesor Bismarck sobre su fascinante experiencia como investigador en la Antártida cierra pasada la medianoche un intenso día.   

SERAFÍN DE PIGAFETTA