El romanticismo del viaje

Decía el escritor y pintor Herman Hesse que la mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que la espera de la aventura. Y mucho de eso hay a las 2 de la mañana en el aeropuerto de Barajas, con padres que miran a sus hijos con orgullo y también cierta envidia, como si de alguna forma ese viaje que van a emprender fuera el suyo propio.

Nos quedan 17 horas de periplo hasta llegar al aeropuerto de Addis Abeba, la capital de Etiopía, un país único y fascinante dentro de la heterodoxa África, y la ilusión se percibe en el rostro de los primeros 70 adolescentes de la expedición de España Rumbo al Sur (el segundo convoy partirá la madrugada del viernes), mientras ayudan a cargar el material médico, humanitario y logístico que transportamos, además de sus mochilas y macutos, algunos de los cuales casi les superan en tamaño.

La travesía aérea se hará larga, con escala en el aeropuerto de Frankfurt, pero da oportunidad para que los expedicionarios sigan entablando amistad y vayan conociendo al equipo técnico que los acompaña. De sus bocas solo salen preguntas sobre los detalles de este viaje que año tras año -y ya van 14 ediciones- provoca un profundo cambio en los aventureros. Personal. De madurez. Pero lo mejor es no dar respuestas, sino encontrarlas.

Un aplauso cerrado da la bienvenida al aterrizaje en la capital etíope, donde, como explica el director de la expedición, Telmo Aldaz de la Quadra Salcedo, ya en la Misión católica de los Combonianos, “conoceremos buena parte de la cultura de un país fascinante”.

Un país donde se cree que nació y vivió el primer ancestro del ser humano que se conoce, Lucy; donde, según leyendas ancestrales, podría estar el Arca de la Alianza, allá al norte, en Aksum. Un país que vivió donde durante generaciones emperadores de los descendientes del rey Salomón y la Reina de Saba y que es el único lugar del continente africano que no fue colonizado -las tropas de italianas, en los años 40, realizaron una fracasada aventura colonial en el país-, y que, como otra excepcionalidad, es actualmente mayoritariamente cristiano ortodoxo.

En el trayecto al colegio de los Combonianos los expedicionarios perciben la magnitud de esta ciudad de 11 millones de habitantes, y ese proceso de crecimiento que experimenta, con obras mastodónticas aquí y allá, la mayoría de inversores chinos, y zonas más deprimidas con casas de hechas de láminas de hojalata, grandes contrastes de cualquier capital africana.

El sueño es tan profundo al llegar que, tras la charla de Telmo, los jóvenes se van a dormir rápidamente, conscientes de que en apenas cuatro horas el jefe del campamento, Pablo Martos, les despertará para hacer gimnasia a primera hora, cuando se den cuenta realmente, por los sonidos, por los colores, de que están en el antiguo reino de Etiopía.

Cronista oficial.

Serafín de Pigafetta